| 24 MUJERES, 24 HOGARES.
Era septiembre del año 2015 y me habían contratado para capacitar a 24 mujeres y un hombre en Panguipulli, en un Programa de Gobierno llamado Profocap, que es un convenio entre el Ministerio del Trabajo, Conaf y las municipalidades a lo largo de todo Chile. Si somos rigurosos, es un programa de corte político, que busca en el fondo «subir en una época del año la estadística de desempleo», ya que se aplica en todo el territorio nacional, lo que en sí mismo no es malo, pero no es real. Lo positivo es que me encontré con un temario que abordar, lo que en verdad era mi especialidad, ya que consistía básicamente en CONVERSAR, algo extraño y desconocido en los tiempos que corren. Y que mejor, hablar, reírnos y jugar.
| MUJERES
¿Quiénes eran éstas mujeres? toda una incógnita. Entonces procedí como me indicaron mis empleadores, había que a citar a estas personas, llamarles a cada una y solicitarles se presentaran al día siguiente en la Oficina Municipal de Desarrollo Económico Local (OMDEL) a las 09.00 de la mañana en punto. Llegué y había una fila silenciosa, me miraron distantes. Fui llamando a cada una de ellas y todas muy respetuosas -y comportadas- fueron dando sus datos personales que había que llenar en una hoja. Yo, ahí de burócrata, le tenía cierto recelo al trabajo, (a ese trabajo) por lo que implica trabajar y abordar las vidas de personas que no conocía. Así fueron pasando tímidamente una a una.
Entre ellas podemos recordar a Rosa Silva, Paulina Reyes, Camila Concha, Marcia, la Sra. Susana, don Luis Borquez, el único hombre, la Sra. Jova, y la extraordinaria Teresa Leufumán, entre otras. La última fue Isabel Aedo Ruiz, una mujer delgada y con la sonrisa de alguien que desconocía la palabra “RENDIRSE”. O tal vez nadie le había explicado lo que significaba bajar los brazos y dejar de luchar. Después comprendí que no podía, y solo debía creer en que la vida era una oportunidad y no un lastre. Después darme los datos, me dijo que tenía un problema – “pero no se asuste, corrigió inmediatamente” y yo me reí. (me dije a mi mismo, si ella supiera que he muerto mil veces y mil más he revivido como el mismo Conde Drácula). ¿Y cuál sería el problema?, le interrogué; Ella se ruborizó y dijo que solo creía que no podría participar de los talleres. Que a todo esto eran talleres de Crecimiento Personal, entre otros los tópicos, Liderazgo, Trabajo en Equipo, autoestima, Violencia de Genero, entre otros. Cuando Isabel Aedo, una mujer “apellinada”, no por los años sino por la certeza de tener una misión en su vida, terminó de contarme cuál era su problema, solo le respondí que su problema, no era un problema, y que no se preocupara, ya que si para mí no era un problema, menos debía serlo para ella.
Los primeros días faltó y ya cuando creía que definitivamente no llegaría, al tercer día fueron llegando una tras otra las alumnas / trabajadoras, ya que contaban con un Contrato de Trabajo. Logramos conseguir una pequeña sala de clases ubicada en el segundo piso del Salón Parroquial, en el tercer piso, uno arriba de la Radio San Sebastián. Tenía una sala estrecha y con las suficientes sillas para albergar a todas estas mujeres LUCHADORAS y un hombre, donde se tomaba desayuno y se socializaba. Cada una llegó en silencio y cohibida. Para llegar a ese lugar, hay que subir una empinada y angosta escalera. El primer día faltó, el segundo día también y cuando creía que definitivamente había desertado, y en medio de una ronda de presentación individual y colectiva, golpearon la puerta, tan imperceptiblemente, que mi propia voz no permitió que escuchara ese golpe de nudillo. Teresa me dijo “Profesor, están golpeando”. Fui a ver y al abrir la puerta lo suficiente para ver quién era, solo vi una sonrisa. Era Isabel Aedo, quien me invitó a bajar las escaleras a ver su problema, y ahí estaba su problema, la niña/mujer más tierna, pura y delicada que podemos encontrar en la vida Catherine Morales Aedo. La subimos como pudimos y (ella) pasó a ser una más de las alumnas/trabajadoras, que en rigor no lo era, pero fue fundamental. Participaba feliz en todas las actividades. Ni la lluvia, ni el frío condicionaban su participación. Isabel llegaba con ella en los días buenos toda sudorosa, cansada, pero feliz, de hecho fue casi una asistencia perfecta. Isabel desde el principio fue una revelación en el grupo, una líder innata. En silencio sus compañeras le admiraban. Desde su casa cruzaba media ciudad, desde Panguipulli alto hasta la Plaza Arturo Prat, que esas alturas ya era una masa de cemento.
Pasamos tres meses juntos en ese pequeño espacio donde compartimos la vida. Les conté un poco de mi vida en la primera mañana, a modo introducción, y se reían, y reían, y reían. Una se levantó y me dijo «PROFE, ESAS COSAS NO PASAN». Ahí me di cuenta que era una historia increíble, y que si me dieran a elegir vivir dos veces, sin duda elegiría la misma vida. Solo les contesté que porque fuera increíble, eso no significaba que no pudiera suceder. De a poco, una a una se fue mostrando tal cual eran. Liberándose día a día, luchando contra sus demonios. Fueron mostrando sus caracteres, sus talentos, sus formas de pensar, sus liderazgos, su misticismo, y sus creencias. Sin duda, sus penas, alegrías y sueños. Pronto en los relatos comenzaron a parecer sus seres queridos, que los fuimos conociendo de oídas. Lo que yo intentaba (y que lo he hecho desde que aprendía a leer la mente), era desmitificar sus creencias. En la tromba de opiniones, y más de las veces, utilizaba una pregunta retórica pero efectiva para crear una duda (¿Usted /ustedes está/n segura (s) que desde niños/as le dijeron la verdad sobre lo que en verdad era la vida?…. ¿No se han puesto a pensar que todo es mentira y que la vida pudiera ser todo lo contrario? Solo se reían divertidas y movían la cabeza, como diciendo, que dice este hombre. De pronto, y al estilo «Godinez» (de la Escuela del Chavo del Ocho) una se levantaba y decía; «profe, ya tomemos desayuno». Yo contestaba que para qué si ya habíamos tomado desayuno. «Si profesor», me retrucaba, «pero ya tenemos hambre nuevamente». Ante ese argumento lapidario, procedíamos tomar desayuno por tercera vez en la mañana.
Así conocí a estas dos extraordinarias mujeres, Isabel Aedo y su hija, Catherine Alejandra Morales Aedo. Una no se puede explicar si la otra, es una simbiosis en sí misma.

Catherine, hoy tiene 27 años y es autovalente. Sus dificultades físicas no fueron escoyo ni justificación para no estudiar y superarse a sí misma. No estudió para demostrar nada a nadie, sino para que su madre estuviera orgullosa, y también para saber cómo funcionaba el mundo. Sus primeros años los hizo en la escuela Ernesto Pinto, actual Manuel Anabalón Saez, y pasó sin dificultad todas sus materias, para proseguir sus estudios en el Liceo Municipal Fernando Santivan, donde sus compañeros desde el primer momento la apoyaron, haciendo que la palabra compañeros/as cobrara sentido. Tuvo una educación diferenciada.
Tres lustros nació en el Hospital de Panguipulli. Su madre la amó desde el primer momento, y desde ese momento se hicieron una. Isabel Aedo se concentró en las cosas buenas de la vida, ya que sabía que serían años de mucho sacrificio, donde tendría que golpear puertas. A Carmen le ayudó mucho ser una persona optimista y de fácil palabra. A los dieciocho años había quedado embarazada, y a los diecinueve años fue madre. Siempre contó con el apoyo de su padre Don Pedro Aedo Aburto, que en su juventud había sido maderero en la zona de Puñir. En el año 1984 cuando se cerró en Complejo Maderero, comenta Isabel, “nos sacaron con lo puesto”. Hoy dice orgullosa, por ser parte de esa historia de niños del pasado complejo maderero, que están peleando la tierra ganada con sangre, sudor y lágrimas.

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