IN MEMORIAM, SRA. NELLY MONSALBE.
Crónicas de Muñozo.- Cuando surgió en el horizonte el nombre de Pedro Burgos al verle un día pasar apresurado caminando por las calles de Panguipulli, me situé en al año 2002, cuando aún existía la Plaza Arturo Prat, llena de árboles, con prados y para hacer justicia, llega de excrementos de Bandurrias que emitían un ruido ensordecedor, pero característico de las mañana frescas de este pueblo que se sitúa entre la cordillera y el mar. Frente a ella la Panadería PanguiPan, la Casa Ready, con Don “Chito” en su puerta vigilando el quehacer de las calles que vio desde un lugar privilegiado por años. La Plaza, si bien nunca fue muy bien mantenida, brindaba la sombra que los árboles. Siempre corrió en medio de ella un hilo de agua que nadie sabía muy bien de donde venía. Esa es la misma plaza donde todo Panguipullense disfrutó de un mote con huesillo, o se fotografió, o se enamoró en sus primeros años. Era habitual ver a los estudiantes secundarios “pololear” en sus bancos de madera, o bien a los jubilados ver cómo había pasado la vida y los árboles que reinaban el lugar. Fue esa misma plaza, la Plaza Arturo Prat, que hoy es solo cemento, que vio un grupo de vecinos, e esos años desempleados, ganarle a la vida con el trabajo, y que en su momento nos reunimos con Berta Kramp, Karim Chelem, Verónica Kramp, su hija Dennis, que ya salía de cuarto medio, entre otros vecinos, solicitar permiso en ese tiempo para levantar una feria navideña para ganar unos pesos. Cada uno trajo lo que pudo, unos invirtieron en Temuco para vender luego en Panguipulli, otros vendieron productos elaborados por ellos/as mismos como mermeladas caseras, miel, tejidos. Otros simplemente trajeron lo que les sobraba en la casa, y yo puse cientos de libros a la venta a precios populares. Hable con Karim Chelen que era un joven de sonrisa ancha, y aún lo es, que el vendiera mis libros, y que lo vendido lo repartiríamos en dos. No vendió mucho, pero nos hicimos amigos. Al final de los días, la feria se había transformado en una feria persa, y eso a mí me encantaba. Mas, para que esto resultara, tuvimos que solicitar un permiso exento (que se dio a través organizaciones a las cuales todo o casi todos pertenecíamos). Hablamos con el Alcalde de ese tiempo, Don Alejandro Kholer Vargas, quien no tuvo objeción. Nos dijo: “Hablen con Pedro Burgos”. Fui, le explique y dio el vamos. Ahí comenzamos a llegar a la plaza llena de árboles, con mesas, sillas, toldos y nos instalamos. Los taxistas nos miraban y comentaban, los vecinos vinieron a ver la novedad y nosotros ya teníamos trabajo, temporal, pero trabajo.
Antes, y como se hace, habíamos conversado con el Alcalde Kholer, y el al decirnos la metodología a utilizar para autorizar la Feria Navideña, que poco tenía de navideña, pero si mucho de feria, nos indicó que teníamos que enviarle una carta formal explicando los propósitos, y las organizaciones que apoyaban dicha iniciativa. Y me indicó a mí, que hablara con la Sra. NELLY, Secretaria Municipal de la Oficina de Partes. Ella en realidad se llamaba Olga Nelly Monsalbe Parra, pero por alguna razón era simplemente la Sra. Nelly. Ella nos facilitó todo el proceso y nos indicó con una sonrisa los pasos a seguir, e incluso amorosamente, como era ella, me corrigió un par de faltas de ortografía. Con ella fuimos, tanto Pedro Burgos (quien permitió que dentro de su crónica habláramos de ella) como quien suscribe, (hoy Muñozo), colegas en mi paso por la Municipalidad hace muchos años, y cuando Pedro Burgos hacia sus primeras armas como profesional. La Sra. Nelly hizo escuela de cómo se atendía el público, siempre ella de buenas maneras, educada y con una sonrisa, como yo le recuerdo. Estuvo en su puesto de trabajo por 41 años. Ingreso al cargo el año 1988, y trabajó incansablemente hasta el último día. Se puede decir que la Sra. Nelly como la llamaban todos, siempre nos iluminó el camino, aclarándonos las dudas y revisando sus archivos, donde solo ella sabía dónde exactamente estaba cada documento. Pedro Burgos coincide que ella le ayudo mucho a entender el mundo burocrático de la institución. Incluso va más allá, y la recuerda (a la Sra. Nelly) como quien le compraba queso a su mamá que bajaba desde Los Tallos. Allá por los años 1982/1983, sin saben que con los años competirían como colegas. Ambos, estamos apenados por su partida, y por eso acordamos homenajearla es en esta crónica.
Nacido en la Comuna de la Unión por decisión familiar, ya que en Panguipulli el clima social estaba notablemente convulsionado, lo que días o semanas más tarde nos traería una de las tragedias que marcaron a fuego la historia de Chile. Su nacimiento estuvo es riesgo, ya que el parto era de alto riesgo, dado que fue el último en nacer. Lo habían precedido seis hermanos. No obstante, su familia de origen es de los Tallos Bajos. El nacimiento en la Comuna solo es un hecho circunstancial, y que no dependía de si, ya que estaba en las entrañas de su madre. No pasó mucho tiempo para que la familia regresara a los Tallos Bajos. Entonces Pedro Burgos Vásquez es un Panguipullense de tomo y lomo.
Su madre se llama Rosalba Vásquez Álvarez y su Padre se llama Francisco Burgos Ojeda.
Pedro Burgos Vásquez proviene de una familia trabajadora, que se dedicó toda su vida a la agricultura. De hecho, sus padres cursaron hasta el segundo año de bachillerato, lo que hoy sería como hacer el tercero básico. En esos tiempos, era algo normal, sobre todo si vivías en zonas alejadas de la ciudad. Hay que decir que en esos años Panguipulli solo era un pueblo como tantos otros.
La herencia del trabajo campesino, de sol a sol, fue de su abuelo paterno, Don Felidor Burgos Caro llegó desde la Comuna de La Unión.
| Imagen de Panguipulli.

Yo tendría cuatro años y veníamos con mis papas a comprar al centro de Panguipulli, y la imagen viva del recuerdo que se me viene siempre es la de camión antiguo de Bomberos, el cual pasaba por las calles de ripio de Panguipulli regando el polvo, ya que, si no se hiciera, sería un tierral en verano. Esto sería como el año 1977/1978. Existe un recuerdo del Panguipulli de hace cuarenta años atrás que se sitúa frente al Liceo Fernando Santivan, donde había un Terminal de Buses Rurales, muy rudimentario. Bueno en aquellos años todo en Panguipulli era rudimentario y funcional. Ahí tomábamos un bus que en invierno se goteaba entera. Ese era el nivel de comodidad para el mundo campesino. En ese viaje que hacíamos, y que a mí me traían solo porque era el más chico de la familia, aparte de comprar todo lo necesario para vivir en el campo, mercaderías varias, mi papá aprovechaba para cortarse el cabello (y a mí también), en una peluquería de un señor de apellido Zapata, que quedaba frente a lo que hoy es la Ferretería Jaramillo. Bueno en esa cuadra prácticamente se hacía toda la vida de Panguipulli, ahí se encontraban los dos mundos. El campesinado Mapuche/chileno, y los que Vivian en la ciudad.
| Educación.
Pedro Burgos Vásquez fue un alumno aventajado, puesto que, al ser el último en nacer, sus hermanos, que ya habían asistido a la escuela y sabían leer, escribir y las cuatro operaciones, en la soledad de la casa de campo, en los ratos libres y de tedio, se dedicaban a enseñar al inquieto Pedro. Por tanto, al cruzar el umbral de la puerta de la sala de clases, llevaba ventaja sobre sus compañeros. Su Escuela primera fue la Escuela N°9, que posteriormente fue la Escuela N°62, la que posteriormente se fusionó con la Escuela Santa Isabel y formaron lo que hoy es el Centro Educacional San Sebastián. Pedro siempre tuvo notas altas.
Su casa en el campo de Los Tallos era una casa atípica para la época de nacimiento y crecimiento de Pedro. Todos por acción u omisión eran buenos lectores, ya que siempre había diarios y revistas, por tanto, todos los del clan familiar leían. De hecho, llegó a tanto el hábito de la lectura, que en el liceo pedía libros en la biblioteca, y se los llevaba los fines de semana. No tenía un tema en específico para leer, solo el placer de leer. En resumen, la familia, era una familia, campesina y lectora.
| Los casi mil Libros y el Prejuicio.
Mientras Pedro me cuenta este episodio, me retrotraigo al año 2017, cuando una tarde, mi hija Josefina Jiménez Curilem, llegó a casa después de la Escuela María Alvarado Garay, donde cursaba el cuarto año básico, y me preguntó cuántos libros había en casa. Me quedé pensando y haciendo el cálculo mental. Bueno dije, si contamos los que están en el baño, en el comedor, en la cocina, arrumbados en cualquier parte, yo diría que hay entre 700 y 800. La hoja que debía contestar a modo de encuesta, traía rangos. Digamos (estoy haciendo memoria) salía de 1-3, de 4 a 12, de 13 a 50 y así. Creo que llegaba como a 100. Y al final salía si son más, anote la cifra. Pues bien, pusimos, honestamente, “entre 700 y 800”. Esa era la verdad. La Josefina quedó tranquila, sorprendida y orgullosa. Al otro día llegó furiosa, diciendo que la escuela la había regañado, porque al leer la cifra de libros que teníamos (y tenemos) en casa, (y aquí viene el prejuicio), no le habían creído. De hecho, más de algún profesor o profesora se burló preguntándole si su casa era una Biblioteca. Suerte que estaba cerca mi amigo de años Don Patricio Alwin, en ese instante, Inspector General. Al escuchar estas manifestaciones torpes, le pregunto a Josefina, “¿hijita, como se llama su papá y su mamá? Ella contesto que su mamá era Maria Curielm Calfuman y su papá Jorge Jiménez Muñoz. Don Patricio, gran hombre y gran amigo de tantas tertulias políticas, después de escuchar estos nombres, sentenció: Ella dice la verdad. Su papá si tiene esos libros.
| El Regalo.
Claro me dice Pedro, si tú hasta me regalaste un libro. (Para mí fue una sorpresa ya que no lo tenía en mis registros). Un día, me dice, tú estabas instalado frente al Restaurant Gardy Lafquén, y al parecer, conversabas con todo el mundo. A mí me llamó la atención un libro y tú me lo regalaste. De hecho, aún recuerdo el nombre: “La Revolución de los Emprendedores”. Un libro extraño, y yo estaba ya trabajando en la Municipalidad. Me interesó y lo leí. Ahora debe estar en las cajas de libros que guarda algún lugar de la casa. Después que Pedro Burgos me reveló este episodio, intuí que ya se me había hecho costumbre olvidar.
| La Universidad.
Pedro Burgos, fue desde siempre un alumno aventajado. Y como necesitaba leer y avanzar, se daba a la tarea de averiguar a través de la malla curricular las asignaturas que vendrían en marzo, y en el verano, entre el trabajo en el campo de Los Tallos junto a sus padres y sus hermanos, avanzaba lo que podía, lo que significaba que, en marzo, al retomar las clases, ya sabía de que se trataba.
La enseñanza media la cursó en el Liceo Padre Sigisfredo, dependiente de la Fundación Magisterio de la Araucanía. La directora era la Sra. Nelly Gallardo Díaz. Más de una vez lo invitaron amablemente a su oficina, para explicar porque más de un profesor se quejó de que el alumno Pedro Burgos Vásquez no lo dejaba hacer clases normales. Ante tal acusación, el alumno aludido solo recordaba que tenía muchas dudas y tenía la necesidad imperiosa que se las esclarecieran. Eso da el hecho de leer todo lo que cae en tus manos. En el liceo no comprendían como un tan buen alumno podía ser tan inquieto por el conocimiento, lo que le trajo más de un problema.
De marzo a diciembre era un alumno común y corriente, y los meses de enero y febrero era un campesino más. Sembraba con su papá y sus hermanos y competía con sus hermanos para ver quien sacaba más leche de las vacas y en menos tiempo posible. Preparaban el terreno para la siembra. Ahí aprendió a enyugar bueyes, ensillar caballos, hacer quesos junto a su madre, criar aves y voltear árboles, a punta de hacha. Algo de lo que se siente muy orgulloso.
Todo este largo camino por la senda de la educación, fue refrendado con sus años de estudios en la Universidad Austral de Chile, titulándose como Administrador de Empresas de Turismo.
| La Familia.

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