Crónicas de Muñozo: Marta, una mapuche a prueba de virus

Esta es la última crónica con la que cerramos las historias que estarán contenidas en el libro Crónicas de Muñozo (Segundo volumen). La iniciamos hace varios meses, en medio del estallido social, y de un día para otro nos encontramos en medio de un virus extremadamente contagioso y mortal, y días más tarde la Pandemia era inminente. Fue todo tan vertiginoso, que los esfuerzos de este cronista de sucesos se concentraron en entender esta nueva realidad y encerrarse a producir literatura, en la Casa que no está en ninguna parte.

Antes del Coronavirus, que después se llamó Covid19, había iniciado tibiamente una Crónica sobre la extraordinaria vida y trayectoria de una de las Dirigentes Mapuche más fuertes del territorio. Ella no es monedita de oro y eso de alguna manera nos hermana. Se le ama o se le odia, no hay medias tintas, pero sin duda alguna se le respeta, porque Marta no duda en hacerse respetar. Es astuta, estudiosa, política, estratégica, madre y una mujer que puede caer, pero no por mucho tiempo, siempre se levanta.

Cuando nos conocimos, hace ya muchos años, no fue un buen comienzo. De hecho, nunca nos presentaron. En el primer encuentro, en una reunión en la ciudad de Valdivia me enfrentaba voz en cuello, y yo no sabía quién era esa mujer. Yo, en esa reunión, solo veía como se incendiaba la pradera, y gozaba con ello.

El segundo encuentro con su nombre ineludible, ya que fui escuchando a menudo su nombre de mujer mapuche, que era sinónimo de fuerza, astucia, manejo político y que hablaba por lo derecho. Eso me gustó.

El tercer contacto y que me acercó a Marta Lipiante definitivamente, fue cuando la autoridad local de Panguipulli, que todos lo conocen y que habla como el perro de una conocida marca de gas, la trató de «INDIA DE MIERDA». A decir verdad, a ella no le importó mucho, sino que lo que más le preocupó fue el nivel de ignorancia de esa autoridad, ya que según me dijo, muerta de risa, “los indios viven en la India, en un país gigante». En cambio, Marta (se refería a ella misma en tercera persona) es Mapuche, y se siente orgullosa de ello. más aún de los ancestros de Coñaripe que la preceden. Esta sobresaliente dirigente, no es para nada ignorante de las palabras, que son el arma más poderosa que se ha creado, ENTENDIÓ EL SENTIDO ofensivo del edil, y orgullosa como es, de su origen, puede «pelarte los dientes», pero nunca perdonar dicha ofensa. Nunca lo perdonó.

Con el tiempo, la he ido conociendo a goteras, ya que, por un tema laboral, la primera persona con la que tuve que relacionarme en Coñaripe, fue esta dirigente. Ello porque cuando comencé a revisar la extensa documentación del proyecto, aparecía en las actas en las Jornadas de Participación Ciudadana, y del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el año 2013, realizado en el territorio de Coñaripe y Liquiñe. Cuando comencé a leer las catas y los acuerdos, me di cuenta de su nivel de madurez y como tenerle cerca te puede ayudar con su claridad y locuacidad en la resolución de conflictos. De apoco fuimos conversando y derribando las barreras del pasado. Implícitamente, hacíamos de lado la incipiente amistad y colaboración, con la parte laboral. Ella y yo lo entendíamos perfecto, y así logramos sobrevivir a la «inminente colisión» de caracteres. Ambos somos fuertes y no íbamos a contarnos chistes entre humoristas. Yo, desde lo profesional, como Encargado de Participación Ciudadana, y ella como una de las dirigentes fuertes del territorio.

Escribiendo su vida estaba, cuando se vino la Pandemia. Han pasado más de cincuenta días de confinamiento, y ya es ahora de retomar esta extraña Crónica de Marta Lipiante, para terminarla de una vez. Dado el contexto global sanitario, entendí con los días, que Marta Lipiante es como el Covid19, más conocido como CoronaVirus, en el sentido que su poder radica en que es una mujer impredecible, adaptable, que su red de contactos es extensa y que cuando ataca, lo hace de manera que su discurso quede impregnado en todo ser vivo, entre moros y cristianos.

PANGUIPULLI, NADA SERÁ COMO ANTES.

En Panguipulli vivimos tiempos difíciles, con más preguntas que respuestas. Estamos entre guerras económicas y la economía global nos afecta de una manera u otra. No nos podemos salvar. En la ciudad, locales emblemáticos y de larga historia están con sus puertas cerradas. Entre ellos el Chapulín, el GardyLafquen, entre otros. Unos de los más recientes como el 480, cabe la probabilidad que no habrán sus puertas por un largo tiempo. En lo laboral no hay certezas, solo interrogantes, sin embargo, los que están mejor posicionados para resistir un escenario de contagio masivo, son las personas y familias de los sectores rurales, y que para ellos ya es parte de la vida hacer producir la tierra, aunque sea a baja escala, ya que la tierra tiene la capacidad de ser proveedora. En las ferreterías, que han mantenido a su clientela y ganado otros, tienen mucho trabajo por estos días, porque como las personas ya no van a trabajo, a menos que sea necesario, en sus casas, por el teletrabajo, se han volcado a arreglar cosas, reutilizar otras, o simplemente trabajar en un proyecto que tenían postergados por falta de tiempo. También, se han incrementado los invernaderos. También proveerse la leña para el inminente invierno, cada vez más breve. Todo indica que la gente tendrá que considerar moverse de las ciudades hacia lo rural. Aprender a sobrevivir. Unos antes, otros después.

DEL EXITISMO A LA VERGÜENZA (Merecemos la extinción).

En la comuna, a la fecha no se presentan contagiados de Covid19, al menos oficialmente, y las autoridades se aplauden a sí mismas, aunque no podemos olvidar que estamos en campaña política, y vaya que se ha utilizado con estos fines la pandemia. El que no haya contagiados aún se explica fundamentalmente por la acción ciudadana de vecinas y vecinos de las distintas localidades, que, sin esperar la tardía reacción de las autoridades locales, tomaron en sus manos la responsabilidad de cuidarse y cuidarnos, levantando barreras, donde se ha limitado o desincentivando la entrada al territorio de personas que no viven en forma permanente y que solo vienen a ocupar, aunque sea legítimamente, alguna cabaña, casa o parcela, como segunda vivienda. El resultado de estas barreras ciudadanas, ha sido positiva y al cierre de esta crónica ya llevan casi cincuenta días protegiendo la ciudad de Panguipulli y las localidades como Coñeripe, Neltume, Liquiñe, Choshuenco. Esto ha sido tan vertiginoso, que no ha dado tiempo a la gente a pensar en que un día normal se levantaron, fueron a trabajar, a estudiar o simplemente a vivir, y al otro día, todo cambió. Se encendieron las alarmas a través de los medios de comunicación, donde tibiamente íbamos sabiendo de países lejanos, donde las cifras de infectados y muertos eran confusas, más aún cuando no se sabía cómo se comportaba un virus atípico y desconocido para la sociedad científica. En rigor, todos eran (y somos) vectores. Es decir, todos podíamos contagiar a otros. En China miles de contagiados y muertos. Después en Europa el virus hacia estragos en Italia, España e Inglaterra, y crecía como la levadura. Luego, en el gigante del Norte, Estados Unidos, el virus se hacía la américa entre latinos, extranjeros y pobres. Los sectores sociales con bajos niveles educativos y económicos comenzaron a morir por cientos. De nada sirvieron las Películas gringas que habíamos visto hasta el cansancio, en donde ellos, los norteamericanos, exactamente desde Nueva York, donde pasan todas las tragedias en dichas películas, salvaban a todo el planeta, en el momento justo donde nos extinguiríamos. Enfrentábamos la cruel realidad, el cine nos había mentido por años. Nada de eso sucede y no sucederá. ¿Cuántos nos sentimos decepcionados de la película 2012, el Día Después de Mañana, ¿o Pandemia? En México, su Presidente no creyó en la Pandemia y llamo a los mexicanos a salir a la calle a consumir. Pronto comprendió que no era un juego. En América Latina no fue distinto. Tanto en Brasil como en Ecuador, en días se multiplicaron los muertos. Eran tantos, que los contagiados y muertos no cabían en los hospitales, y las funerarias agotaron rápidamente el stock de urnas. Era tanta la demanda, que estas ya no se fabricaban con lujos, sino que solo con un par de tablones de madera brava o sin cepillar, ya que ni siquiera se podía velar a las personas, sino que en algunos casos simplemente se les incineraba o bien se colocaba a todos ataúdes en una gran fosa común y nada quedaba en la memoria de los deudos, todo de acuerdo al protocolo del Covid19. Así de frio, así de brutal. En tanto, el payaso de Jair Bolsonaro, en Brasil, no creyó e invitó a los cientos de millones de brasileños a salir a fiestas, a restaurantes, a vivir, sin saber que los estaba invitando justo a lo contrario, a morir. En Ecuador, la gente moría en las calles y ahí quedaban por días, esparciendo aún más el virus y la crisis sanitaria.

CUARENTENA EN PANGUIPULLI

Hace 50 días comprendí y aún sigo incrédulo, el hecho de que tendría que dejar de viajar, (mi viaje a Mexico se suspendió indefinidamente) de abrazar, de besar. Lo bueno es que la pandemia no impedía comer, pasear por el bosque, disfrutar de un tinto chambriado y de ponerme a arreglar todo lo que deje de hacer por casi dos años. Busque y reuní todas mis herramientas desperdigadas por todas partes, y retomé los arreglos de la casa, aunque de mañana, y aunque parezca sin sentido, desayunaba esperando el reporte del Ministro de Salud, Mañalich. Y porque la experiencia para algo sirve, lo que decía el Ministro no me cuadraba y cada día me cuadra menos. Era imposible, que un país como Chile, uno de los más abiertos en el ámbito económico, no tuviera miles de contagiados, teniendo en cuenta que los chilenos hace años, especialmente las nuevas generaciones, viajan al exterior, a todos los continentes. El hecho que el Aeropuerto Pudahuel y las aerolíneas solo pararon su funcionamiento casi un mes después del primer contagiado algo decía. ¿De donde provenían los contagios? Evidentemente del grupo social calificado ABC1, los que viven en las comunas pudientes de Chile. Se intentó hacer creer que dejando en cuarentena estas comunas se reduciría el contagio. Si nadie se movía de sus casas, se suponía el Covid19 no seguiría su espiral de contagio. Lo que no dijeron en la televisión, que obviamente no contemplaron, (o no quisieron contemplar), fue que los obreros, las asesoras del hogar, los jardineros, los guardias de seguridad, los parquímetros, los trabajadores de la salud, en su mayoría de comunas alejadas del poder económico, no entraron en cuarentena, ya que alguien debía hacer el trabajo en las comunas adineradas, con el peligro de contagiarse en sus trabajos y al regresar a las poblaciones y comunas periféricas de Santiago, llevarían inevitablemente, a sus familias el virus, sin ninguna posibilidad de salvarse, solo si su organismo aguantaba. Ni decir de los que, en un arranque de estupidez, arrogancia y poca empatía, abordaban su helicóptero, para ir a comprar marisco al litoral de la sexta región. Ese es solo un botón de muestra de cómo se aborda esta catástrofe. Todo indica, que conforme pase el tiempo, como en todo orden de cosas, nos iremos enterando de lo que no se nos ha dicho. Porque los números no mienten (a menos que los hagan mentir). No es normal que se comience por más de treinta días con un promedio de trecientos o cuatrocientos infectados, pase de un día para otro a 500 y fracción, y al otro día haya un salto a mil quinientos. En este aspecto, Panguipulli no se queda atrás.

ENTRE LA EXPLOSIÓN SOCIAL Y LA PANDEMIA

En Panguipulli no quedamos ajenos. La rabia y la decepción trocó en que trasversalmente la gente se sintiera timada. El virus de la rabia se fue apoderando de las calles en todos los rincones del país. Se tomó plazas, teatros, escuelas y liceos. Se tomó la agenda noticiosa, donde todos los días mirábamos como las masas habían hecho suyo el kilómetro cero, la Plaza de la Dignidad, ex Plaza Baquedano, donde más de una vez a mí me sirvió como lugar de encuentro, para ir por un café o largas caminatas de regreso al hogar. La explosión social surgió en un momento histórico para nuestro país, en medio de cambios sociales, o al menos es lo que la gente cree. No han sido pocos los muertos, y los jóvenes, nuestros jóvenes, las nuevas generaciones han dado sus ojos por una causa justa, Justicia Social. Ni más ni menos piden las masas. La presión ha sido tal, que la clase política en jaque, enquistada en el poder y todos sus privilegios, ha sido obligada a recular y abrirse a la posibilidad de hacer cambios al modelo. Aunque en particular, no me hago muchas expectativas, ya que, sin privilegios, el sistema no sería sistema, ya que él se nutre de la desigualdad. La clase política chilena ha perdido el pudor y será crucificada en los anales de la historia como seres oscuros, que aun viendo a la gente morir de hambre, ellos (Senadores y Diputados) prometieron bajarse a la mitad su sueldo, como era natural, no cumplieron. Por otra parte, existe la salud para ricos y pobres y la obligación de los trabajadores de cotizar para su vejez, en los fondos de pensiones. El problema es que fallecerán antes de envejecer. De las empresas, ni hablar. Daría para un libro, pero todos ya saben.

En la comuna, en medio del miedo, la incertidumbre, el conteo de los muertos a diario, el comercio sigue abierto, y los supermercados han ido subiendo indiscriminadamente los precios a los productos y alimentos de primera necesidad. Los recorridos de los buses locales, provinciales e inter-provinciales se detuvieron tardíamente y solo cuando la Pandemia invadió Temuco y Valdivia, se tomó la decisión de parar.  Pareciera que Panguipulli no se ha enterado que el virus es altamente contagioso y mortal. Lo que más se observa, son comunicados institucionales y muchas declaraciones de la autoridad local, que nadie al parecer toma en cuenta. Mucha fotografía para redes sociales, pero la gente sigue en la calle, con un peligro inminente de contagio. Parece más campaña política que acciones tendientes a guiar a la población. Lo positivo es que no hay aparentemente contagiados, pero para ser justos, no es mérito solo de Panguipulli, también lo es de Los lagos y otras comunas con carácter de aisladas o lejanas, lo que también permite que el virus no llegue con facilidad.

Respecto de esta crisis sanitaria, y la posibilidad que nos contagiemos, la respuesta de la Municipalidad ha sido, por decirlo elegantemente, pobre. No hay un liderazgo contundente que sea un guía en medio de la crisis. De hecho, las comunidades de las localidades, han tomado en su mano la responsabilidad, tratando de cerrar la comuna ante un inminente contagio, esto por los miedos heredados y ahora con razón, ya que a diario vemos a gente que muere. La gente anda en las calles, los adultos mayores hacen colas sin ninguna precaución.

LAS COLACIONES DE LA DISCORDIA

Al cierre de esta crónica, todo lo bueno, o medianamente bueno que se había hecho contra el contagio del Covid19, se tornó gris, turbio y éticamente reprochable. La primera autoridad se ha visto envuelta en una polémica relacionada con las colaciones contratadas ´por el municipio local, donde de seguro tendrá que dar muchas explicaciones, pero el problema no son las explicaciones, sino el hecho de que la gente de verdad crea en esas explicaciones TIENEN ALGO DE VERISIMILITUD. Claramente hay una crisis creciente de credibilidad, más allá de lo que se intente explicar. Hay un dicho, “el que explica se complica”. El daño a la imagen edilicia ya está hecho, y no hay marcha atrás.

MARTA LIPIANTE, UNA MUJER DE GESTIÓN

Marta, nace en Pullinque Bajo, y luego se va a vivir cerca del crucero camino Panguipulli a Liquiñe. Mas específicamente, al costado del estero Tralco. Su primera casa la recuerda como una ruka hecha de madera. A pasos de su casa estaba un antiguo Cementerio Mapuche, muy utilizado por las familias circundantes. Sin embargo, como la gente no era muy asidua a visitar a sus parientes fallecidos, pronto, y como el clima húmedo es implacable, con el tiempo las cruces de madera terminaban en el suelo, por lo que más de las veces no se lograba, con el paso del tiempo, asegurar donde estaba la persona que ahí había quedado para descasar eternamente. De hecho, la pequeña Marta a la edad de cuatro o cinco años, creía que las cruces del cementerio eran objetos voladores, y jugaba al avioncito con las cruces.

Con los años y con la llegada de personas que no eran del lof, se fueron vendiendo o arrendando muchos terrenos, ya que la Ley permitía el arriendo a 99 años, lo que era un subterfugio del arrendador para quedarse con los terrenos. El método era sencillo. Por tanto, muchos cementerios mapuches se fueron perdiendo y quedando bajo las construcciones. Respecto de los arriendos a 99 años, la estrategia primera hacerse amigo o cercano a los dueños (mapuche) de la tierra. Luego colaborar para que agarraran confianza, y luego solicitar el arriendo. Como la gente era confiada, y por otra parte, muchos no sabían leer ni escribir, colocaban su huella en una hoja en blanco, por lo que eso constituía un apruebo a un contrato de arriendo. Distaba mucho de los acuerdos verbales a los que estaban acostumbrados “de mapuche a mapuche”, donde el contrato por escrito no existía, por lo que se honraba la palabra. Cuando se daban cuenta de que habían sido timados, los lonkos en grupo viajaban a san José de la Mariquina y Valdivia, a reclamar. Era inútil, ya que la gente había firmado. Con los años los contratos por 99 años continuaron y se perfeccionaron, con la ayuda de los abogados. En los contratos comenzaron a aparecer clausulas, de que “El Mapuche”, debía indemnizar al arrendatario por todo lo que él había invertido en el terreno, y como la persona mapuche no tenía dinero para contratar un abogado, menos para indemnizar al que tenía el terreno por 99 años, terminaba renunciando y desistiendo, al final perdía su tierra. No obstante, con los años, las nuevas generaciones y sus familias comprendieron que el poder estaba en el conocimiento, y se fueron a las ciudades a estudiar y se hicieron parte de los movimientos sociales indigenistas y lograron que una parte de la sociedad chilena viera como una causa justa las reivindicaciones mapuches, y con los años se comenzó a legislar al respecto. Hoy, cualquier comunidad puede iniciar un proceso de recuperación ancestral de sus tierras, a través de los documentos que fueron quedando en los archivos de las distintas instituciones, tales como las notarías y otras. Un ejemplo fundamental son los Títulos de Merced, que es un documento que el mismo Estado de Chile había emitido reconociendo en las familias y comunidades la propiedad de la tierra. Hoy Conadi cuenta con un staff de abogados especialistas en Legislación Indígena y asesora a las comunidades indígenas en todo Chile.  

PADRES

Sus padres fueron el Sr. Zenón Lipiante Alcapan y las Sra. María Luisa Aravena Manríquez, mezcla entre mapuche y colonos.

ABUELOS

Los abuelos de Marta Lipiante fueron, hasta donde llega su memoria, don Juan Lipiante, nacido y criado en Coñaripe, y su abuela, la Sra. María Alcapan, nacida en Pullinque Alto.

A LOS DIECINUEVE AÑOS SE VA DE COÑARIPE

Muy joven emigra de Coñaripe y se instala en la ciudad de Rancagua en la Sexta Región. Fue a casarse. Al regresar a Coñaripe años después, lo primero que hizo, aparte de visitar a sus parientes y amigos, felices de su regreso, solicitó el divorcio.

Eso no impidió que tuviera varios hijos, al cabo, cinco hijos y cinco nietos. Los años la han endurecido, pero no por eso es en el fondo una mujer alegre. Seria, a veces intransigente, pero alegre y querendona de sus amigos y parientes. Este cronista sugiere no jugarle una mala jugada, y si lo hiciera, considérese muerto en vida, al menos para ella.

CAPACIDAD, FUERZA Y VALIDACIÓN

Marta Lipiante, inevitablemente, dejará huella. Tiene como mostrar con datos reales su gestión en el territorio, a veces mucho más que los Alcaldes que han pasado.

Hace veinticinco años que trabaja en la promoción de los derechos mapuches, participando en cuanta organización territorio exista para defender esos derechos inalienables. De hecho, las organizaciones la buscan, porque les da seriedad y peso específico a dichas instancias. Tiene las capacidades y la fuerza.

El año 1999, a pocos meses del cambio de siglo, gestiona la Feria Campesina PaillaLafquen, a pasos de la playa de Coñaripe. Ahí trabajan permanentemente veinte familias mapuches, y dan trabajo a otras personas de las comunidades. Por lo bajo, las familias que se benefician con esta actividad económica bordean las sesenta familias.

Varios son los hitos en su vida como dirigente social. Entre ellos las distintas recuperaciones de tierras ancestrales, entre ellas la ubicada en el sector la Cruz a la salida hacia Villarrica, donde se recuperó media hectárea aproximadamente, y ahí como era natural, se emplazó la ruka de la Comunidad Newenche. Otra recuperación fue en lof de Pocura. Todas recuperaciones amparadas en la Ley. Este detalle es importante destacar, Marta Lipiante utiliza la Ley. Ella sabe que puertas tocar y cómo hacerlo. Otra recuperación tuvo efecto en el sector conocido como la Misión, a través de Títulos de Merced de Carlos Antimilla.

Finalmente, uno de los proyectos emblemáticos es el del Agua Potable Rural, (APR), perseguido incansablemente por más de dieciocho años. Este abarca sectores como La Misión, Culan y Llancahue, no la sorprendente cifra de 227 arranques, que significa que todas las personas de estas comunidades tendrán acceso al agua potable, para sus distintas actividades sociales, familiares, religiosas y económicas. La inversión en dicho proyecto es millonaria, que bordea los $1.200.000.000 (mil doscientos millones). Dicha gestión e impacto social comunitario, supera por mucho, digamos a varios alcaldes, en especial del último.