Crónicas de Muñozo: René Manquelipe, Zapatero de los buenos

MIS ZAPATOS (Eduardo Peralta)

Mis zapatos van a ratos
Platicando la amistad
Mis zapatos son dos gatos
Ronroneando su verdad

Son zapatos timoratos
Cuando hay que ir tras un amor
Mis zapatos son baratos
Pero enorme es su valor

Mis zapatos… que aparatos
Mis gentiles al andar
Mis zapatos ni pilatos
Me los podria arrancar

Son zapatos candidatos
A mi trayecto final
Mis zapatos son dos chatos
Que tienen algo especial

Mis zapatos ya calatos
No nos quieren ni mirar
Son pacatos mojigatos
Bajo el lecho van a estar

Son zapatos timoratos
Cuando hay que ir tras un amor
Mis zapatos son baratos
Pero enorme es su valor

Mis zapatos son tan gratos…


UNA DE ZAPATEROS

EL PRIMER ZAPATERO QUE CONOCÍ fue Pachuco Verdugo. El me contrató para hacer mandados, y por paga era solo la comida y por las historias que me contaba. Yo tendría trece años y una bicicleta. Uno de esos días me la pintó de cine a todo color. Me dio las indicaciones para llegar donde «el lengua». El Lengua o el Sr. Lengua, era otro zapatero, más viejo, con más experiencia y con una máquina de coser cuero, que nadie más. Te vas, me dijo, derechito, cruzando Dorsal y cruzas la Manuel Rodríguez. Al llegar a Las Torres sigue derecho y a mano izquierda está el taller. Le dices que necesitas que quieres cocer la lengüeta de estos zapatos. Al entrar al taller del mentado «lengua» efectivamente me encontré con un local atestado de cueros, suelas, el olor inequívoco del curtido de animal. Colgadas, plantillas de todas las tallas, zapatos de todos los portes, colores, estilos y con papeles adheridos con el nombre del dueño. «El Lengua» era un señor blanquecino, entrado en edad, con poco y nada de cabello, y con pocos dientes se movía por el pequeño local con la dificultad de una ballena en un en un cruce peatonal. Le dije que Pachuco me había enviado. Se conocían. ha si, ese diablo me dijo. Lo dijo en forma neutral, de modo que no logré dimensionar si lo decía con sorna, burla o resquemor. Tomo con sus regordetas manos la bolsa y sacó los zapatos que había diseñado y fabricado con sus manos Pachuco. La gamuza y las plantas de goma era su material preferido. Entre medio estaba el trabajo con la suela. Debo decir que hacer un zapato desde el inicio es una tarea no apta para inútiles. Seguramente cuando partí en bicicleta a coser la lengüeta donde «el lengua», pachuco quedo muerto de risa. Ya me dijo “el lengua ”, hagámosla cortita. Tomo los zapatos recién pegados en todas sus partes con agorex (neopren), el mismo que ocupaban mis amigos en la Cañada Norte para drogarse, inflando y desinflando una bolsa, como quien toma en sus manos una rosa a punto de deshojarse, y encendió la cosedora de punto. Una máquina de acero forjado de origen alemán, y preciosa en su diseño. De seguro venia, la misma que había sido importada por los cientos de zapateros españoles diseminados por los barrios de Santiago. Eran máquinas que pasaban de mano en mano y generación en generación. La máquina emitía un ruido ensordecedor. Con la mano derecha, la lengua procedió a mover una manivela que hacía que la aguja subiera y bajara, y penetrara (Ambas a la vez, cuero y suela), uniéndolas para siempre, o por el tiempo que el zapato tuviera vida útil. Cada vez que la aguja hacia que el hilo zapatero «amarrara» los materiales, sincrónicamente, el señor Lengua , sacaba y entraba por un costado de su boca salivosa , imperceptiblemente, un trozo de su lengua, y que solo un ojo entrenado como el Pachuco Verdugo podría haberse percatado.

Nos habíamos reído tanto del apodo de Don lengua, que al despedirme, le dije, chao señor lengua. Él no me escuchó, porque ya estaba medio sordo y por qué la máquina seguía dando puntadas en banda.

Pachuco Verdugo, como le pusieron por alguna razón sus amigos actores, ya que también fue actor y de los buenos, fue el primer zapatero remendón que conocí. Es mi primo por parte de madre y nadie sabe cómo llegó (o ha llegado) a ser lo que se le ha pasado por la cabeza. Si tuviéramos que enumerar sus oficios, sería como tratar de explicar el Big Bang. ¿Fue por necesidad, o simplemente por curiosidad? No lo sabemos. Solo sabemos que siempre está haciendo cosas. No sabemos nada sobre sus verdaderas intenciones. Más lo que nuestros ojos han presenciado son trabajos de todo tipo, utilizando los más diversos materiales que nos da la naturaleza, los que al pasar por sus manos, inevitablemente son transformadas, ya que el hombre es un creador, en una obra maestra. Uno se pregunta de dónde ha salido tantas ganas de vivir. Entre lo que ha hecho y que no ha pasado inadvertido, tenemos en la memoria colectiva su paso por el programa de TV en los años 80s “Cuánto vale el Show”, donde por alguna extraña razón uno de los Jurados era el Gran escritor Enrique Lafourcade, el autor de la obra maestra “Palomita Blanca” quien, hacia trizas a los concursantes, ese era su rol, con su humor retorcido y que prácticamente nadie se le hubiera ocurrido contradecirlo. En esa oportunidad, Pachuco Verdugo, cuando la calle Juan Dávalos era un lodazal en los inviernos y un desierto en los veranos, quedó seleccionado en la interpretación de un tema de Jorge Yáñez y los Moros. Fue pasando etapas y al final de la semana quedó entre los tres finalistas. Como los programas eran grabados previamente, vimos en la TV a Color que había ganado, el programa donde interpretó esa tonada, que describía el asesinato de un hombre que se puso celoso porque su pareja había bailado cueca con otro. El asesino quedó preso, sin mujer, ni cueca.   En mi calle solo había TV en blanco y negro. Pachuco ya era una celebridad, pero, a decir verdad, no solo por ganar “Cuanto Vale El Chow”, sino porque una mañana cualquiera, Cañada Norte estaba convulsionada, ya que Pachuquito, mi primo se había colgado de uno de los arcos de la pequeña cancha de futbol donde jugamos hasta la saciedad y ya de madrigada, mientras los vecinos dormían en la silenciosa Cañada Norte. Todos mirábamos su cuerpo quieto, con una mueca de muerte. Mi prima Pilar Verdugo Muñoz, cuando le avisaron que su hermano estaba colgado por el cuello en nuestra cancha de tierra, quiso morir ahí mismo. Las lágrimas de los vecinos surcaban por Carlos Valencia y se perdían por la calle Dorsal con dirección al poniente. Cuando el silencio se hizo insoportable, Pachuco verdugo lanzó un grito infernal seguido por una carcajada de diablo, igual, igualito al que aparecía en el Radio Teatro de la época llamado “El Doctor Mortis”, y que se emitía por la Radio Portales en Frecuencia AMComo si nada, Pachuco Verdugo, hizo una pirueta y en el aire, se desabrocho las poleas atadas a la espalda y salto con agilidad al suelo. Los vecinos miraban incrédulos el milagro, que no era milagro, porque nunca se colgó de verdad, por tanto, nunca estuvo muerto. Pachuco Verdugo tenía la maldad en la mirada. Unos vecinos se fueron a sus casas riéndose, otros moviendo la cabeza, y las mujeres con ganas de cachetearlo “hasta que se riera la virgen”.  Ahí mismo que mi prima, que era mayor, le dio de chalazos por donde cayera. El solo reía. Por eso no fue extraño cuando cambió la TV a color por una motocicleta, y como en Juan Dávalos había unos montículos de tierra, ya que se estaban haciendo unas veredas donde cabía solo una persona, no se le ocurrió nada menos que hacer acrobacias y saltos mortales, hasta que sucedió lo inevitable, quedó todo quebrado.

PANGUIPULLI, TIERRA DE ZAPATEROS

Nunca más conocí personalmente a otro zapatero hasta que llegué a Panguipulli y comencé a escuchar un nombre que se repetía: Don René Manquelipe.

RENÉ HAROLDO MANQUELIPE JEREZ, nacido el 24 de agosto de 1952, en la Ciudad de Lanco. A los doce años se viene a vivir a Panguipulli por la necesidad de seguir viviendo.

Lo primero que le llama la atención de Panguipulli no es nada físico, sino más bien una sensación que se repite o se ha repetido por toda su estadía en esta tierra: La primera vez que vino, viejo en una micro, que, en realidad, no había de otra, ya que era la única que había. El chofer era un señor del cual nunca supo su nombre de pila, solo su apodo: “El Guatón Vergara”. La particularidad de este señor se centraba en dos aspectos. El primero, era que utilizaba una gran pechera de cuero, de manera de no romper sus pantalones con el roce del enorme manubrio de la micro Ford. Y el segundo, que es el que más sobresalía, era que este Señor Vergara, apenas la micro comenzaba a bajar por el camino de ripio que comunicaba Panguipulli con Lanco, y se veía el lago prístino, azul, sin contaminación y majestuoso.  El Señor Vergara, con un vozarrón que ensordecía a todos los pasajeros, grandes, chicos, foráneos y residentes, anunciaba: Señoras y señores, en estos momentos vamos entrando al paraíso terrenal, más conocido como Panguipulli.

De niño, Don René Manquelipe alcanzó a conocer el Molino chico, donde hoy está situada la Librería Colon y Comercial Llaima, (Es famosa una fotografía) además de otros locales de comercio. Llegó a vivir a la casa de su tío, Don Ramón Provoste Cofré. VINO A PASEAR A PANGUIPULLI Y NUNCA MÁS REGRESÓ A LANCO. Los que hemos llegado desde otros territorios, a decir verdad, la mayoría de sus habitantes, hemos sido presa de un magnetismo especial, y no nos ha quedado más remedio que quedarnos a vivir y hacer vecindad. Tanto así, que los que se van de Panguipulli, con los años regresan y se afianzan para dejar sus huesos acá, en los distintos cementerios de la comuna.

Don René Manquelipe nació en la Comuna de Lanco, y su padre fue Don Lorenzo Manquelipe Soto. Funcionario de Ferrocarriles del Estado, de Lanco. (Época del durmiente) y Su madre se llamaba Lizmelda Soto Varga. La familia fue numerosa como era antaño y tuvo ocho hermanos. 

Tuvo ocho hermanos.

ZAPATERO DE LOS BUENOS

El oficio de zapatero lo aprendió por casualidad, y como jugando, como se aprendía todo antes.  Se enamoró del oficio y lo abrazó como una religión, y con la seriedad que pide el cliente que confía a pie juntillas en su zapatero y en que su zapato regalón, el que le queda mejor, con el que se siente más cómodo y que no se quita ni para dormir, bañarse e ir al wc, quede como nuevo y con una larga vida. Don René Manquelipe tenía muy claro que remendar unos artefactos, llamados zapatos,  tan antiguos como la historia hombre y mujeres, que utilizaban para trasladarse en hordas o clanes por vastas llanuras y finalmente para mover y trasformar el mundo y hacer la historia, no era cosa de juegos, se debía ser el mejor y ser responsable ante tan íntimo artefacto humano.

Todo se inició cuando el Joven René Manquelipe, a los trece, catorce o quince años, pedía permiso a su tío para ir a la playa. Su tío después de negar el permiso como primera estrategia para que su hijo y sobrino hicieran lo que él quería, finalmente les concedía el permiso, eso sí con una condición, debían cocer a mano unos zapatos de cuero (Antaño los zapatos y calamorros eran solo de cuero). 

Ese fue su primer acercamiento al cuero y su olor característico. A los diecisiete años ya era un zapatero renombrado en Panguipulli. Ya son casi cincuenta años de oficio. Aunque en los años 80s, con la aparición de las importaciones, y la introducción de los zapatos de una sola postura, de la mano de la obsolescencia programada, se comenzaron a fabricar a gran escala calzado que no se pudiera remendar o arreglar, con lo que el zapato, la chala, o botines o zapatillas, duraran un tiempo determinado, para luego ir a dar a los vertederos de basura. Por lo que el oficio de zapatero y la actividad comienza a morir de a poco, al menos en ciudades pequeñas como Panguipulli o similares. Hay cierto renacimiento del trabajo en cuero, pero ya no es lo mismo, la gente opta por comprar lo que dure poco, de mala calidad y de costo relativo. De hecho, en la ciudad solo quedan tres zapateros, y no hay en las familias quien haya tomado la posta. Cuando estas personas ya no estén con nosotros, sus implementos como la lerna, el martillo, “la pata de fierro”, quedarán guardados en un rincón, y lo más probable es que los locales donde hoy se arreglan zapatos, carteras, cinturones, entre otros, se convertirán o reconvertirán en espacio para otro tipo de productos u oficios.

Don René Manquelipe nació para destacarse y no solo de zapatero, sino que fue un virtuoso jugador de futbol. Destacó en el Club Deportivo y Selección de Panguipulli.  Pero no le bastó y se embarcó en participar en cuanta organización comenzó a nacer en la naciente comuna. Se convirtió en dirigente deportivo de todas y cada una de las ramas que la gente practicaba. Fue dirigente del Box, de Basquetbol y la Rayuela. Por años represento a Asociación Nacional de Futbol Amateur (Anfa). También participó activamente en la formación de árbitros de basquetbol, todos federados.

El testimonio de Don René Manquelipe nos deja impertérritos, cuando nos cuenta las características que tenía el Gimnación Eduardo Brevis. Este estaba en el mismo lugar que lo conocemos, sin embrago, era muy rudimentario, ya que solo estaba revestido (forrado) con coligues, y de techo solo tenía las estrellas, no obstante, la precariedad, los vecinos hacían mucho deporte.

Don René Manquelipe se declara como un hombre feliz y líder. Fue dirigente regional de la Sociedad Civil, representando a Panguipulli.

Gracias Don René.

Martes 10 de marzo de 2020.

Zapateria. 17:00 a 18:00 horas.

Jorge Jiménez Muñoz.

Trabajador Social.

Profesor de Historia.

mediador Familar UFRO.

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