Crónicas de Muñozo | Nieves Alarcón, un hombre rana en Panguipulli

Crónicas de Muñozo.- Puedo asegurar que Nieves Alarcón, en adelante, Don Nene, ha sido de todo, y si no lo ha sido en vida, al menos sí, en su vasta imaginación. Lo conocí en un pueblo que amanece tipo diez u once de la mañana, donde de madrugada pareciera que no vive nadie, en una solitaria calle, que me llamó la atención por las vitrinas de una casa esquina, que, por esa condición, tenía vitrinas de una calle y otra, y en su centro una puerta batiente que el solo hecho de entrar ya era complicado, porque estaba atiborrada de objetos de este y el otro mundo. Eran tan variados que de verdad podríamos decir que era la síntesis de kilómetros de ferias persas, o conocidas también como ferias de las pulgas, que de pulgas no tenía nada, que abundan en todo Chile. Si fuéramos mal pensados, intolerantes, u obsesivos compulsivos, con delirios místicos, o algo cercano o parecido, no aceptaríamos la realidad vista por estos ojos, que, para cualquiera, sería nada más y nada menos que un desorden ordenado, o un caos que permitía definir donde y porque estaba esa cosa o artefacto ahí y no en otro lugar. En las pequeñas, pero bien ordenadas vitrinas se podían encontrar desde piedras de moler, como alicates, planchas a carbón, bujías, peines para los piojos, tostadores, trampas para lauchas, piedras pomes para el “piñen”, rosarios para el alma, una Biblia en mapuzungun (después supe que era del Internado San Fidel de San José de la Mariquina o del Internado de Purulon). Había también bolitas de cristal, conocidos como ojitos de gato. Llamaba la atención unos sobres muy antiguos y esquelas, supongo que alguien, en pleno apogeo del siglo veinte, aún continuaba escribiendo cartas de amor y desamor. En la otra vitrina, que estaba a la vuelta, ya en la otra calle, encontré bolas de billar, un “trompe”, un ajedrez de cuero, hecho a mano. Resaltaban revistas Estadio, Muy Interesante, y fardos de diarios que nadie había leído. Al entrar al local, pude ver innombrables artículos, y cada uno en su lugar, ocupando incluso rincones imposibles. Podría decirse que, si hubiera pedido una piedra lunar, de seguro la encontraba. El silencio era absoluto. Fui escrutando con asombro ese mundo paralelo en un lugar como Lanco, en una calle donde no pasaba nadie. Me sentí observado y de pronto, a la altura de un mostrador, sentado y cociendo una montura, emergió un hombre delgado, pequeño y con unos bigotes meticulosamente trabajados. Más perfecta era su dentadura, y de su peinado, ni hablar. Camisa blanca, abotonada hasta el cuello, un reloj de pulsera brillante y tintineante, Unos pantalones de gabardina perfectamente planchados con unos tirantes que los aseguraban a sus hombros.

Al salir quedé con la intriga de saber quién diantres podía ser ese magnífico ser, que perfectamente y sin problema lo podríamos situar en cualquier calle, callejón, o avenida de una ciudad híper urbanizadas de los años cincuenta, pero no, vivía en Lanco. Pasaron los años y por esas cosas extrañas de la vida, me vi siendo el primer Director de la Biblioteca Pública de Lanco. Un día entro con una amabilidad irritante, Patricia Jara. Nos hicimos muy amigos y un día conversando, le conté que muchos años antes había pasado por este pueblo y me había encontrado con una casa esquina, donde vendían de todo lo que pudiéramos imaginar…

Es mi suegro, me dijo. Se llama Nieves Alarcón, es un hombre extraordinario.
Se le conoce como “Don Nene”. Ella conocía muy bien la historia, y me contó algunos pormenores.

Al final de la jornada solo tenía una conclusión: ¿Cómo iba a saber yo que un muchacho, con 20 años a cuestas había pedaleado 2.000 kilómetros solo para que el mundo conociera su pueblo, un pueblo de unas cuantas cuadras a la redonda.

Sesenta años atrás, en el mismo lugar que se encuentra hoy la tienda «atemporal» de Don Nene Alarcón, pensada desde siempre en satisfacer la necesidad campesina, ya que este emporio está ubicado en un lugar privilegiado, donde antaño pasaba oleadas de campesinos, viajeros y «mercachifles», sin olvidar a aventureros, y los parroquianos que llegaban de mañana a los bares, emporios y prostíbulos, y que estaban asiduos de los clientes que Vivian, deambulaban, o simplemente llegaban en tren desde todos los puntos cardinales. No por nada habían desembarcado en el pueblo de Aguas quietas, los franceses masones y anarquistas, los cristianos y sus iglesias, los trabajadores. Si hasta Roberto Parra, el mismo de las cuecas choras, paso por los burdeles de Lanco. Se empleaba en los circos que recorrían Chile. Desde el mostrador, don nene con veinte años a cuestas, fijaba la vista en la Estación Ferroviaria, solo a doscientos metros de su punto.

Su aguda percepción de la oportunidad lo había catapultado a colocar ese local de venta, y reventa de artefactos que a todos les servían. No había campesino que no pasara a comprar un hacha, un astil de luma, o clavos, o ropa usada para el trabajo duro de campo, o de un taller. Hace sesenta años atrás, Don Nene aún no era «Don Nene», solo Nieves Alarcón a secas. En los años cincuenta el mundo comenzaba a volverse loco y él lo sabía, ya que, en su labor, le tocaba platicar con viajeros, así como los primeros extranjeros que llegaron por esa tierra plana. Ahí le daban noticias de lugares remotos y que ya habían visto y estado ahí, en varios océanos. Nieves Alarcón, había comprado una bicicleta, que para la época era como comprarse un auto. salía tardes enteras a pedalear por la carretera 5 sur, que antes era lo que hoy es la Calle Centenario. La carretera pasaba por fuera de la Estación Ferroviaria. De a poco se fue haciendo la idea de hacer algo grande. Como el negocio creció sin control, contrato a un conocido para que le ayudara. Se llevaron bien. Era un hombre callado, reservado. Confiable. Un día de tarde-noche de agosto, un silencio cómplice se hizo insoportable, y Nieves Alarcón, lo miro serio y le preguntó directamente y sin rodeos que acaso se atrevería a hacer un viaje en bicicleta junto a él. Su amigo y empleado lo miro como con cara de «qué me está diciendo este». Nieves tenía una idea fija y nadie lo sacaría de ella. El quería trascender. Solo eso, trascender. Estamos hablando de la primavera /verano de 1954. Con el dependiente y amigo no tenía bicicleta, y para que no fuera pretexto «el no tener», el mismo mandó a comprar una «pistera igual a la suya». Como ya no tenía como decirle que no, después del trabajo se dieron a la tarea de pedalear hasta la madrugada para ver la resistencia. Solo cuando estuvieron listos, y aun sin que nadie más supiera, se pusieron fecha para la partida. El plan, llegar al Rio de la Plata, y fotografiarse frente al Obelisco de Santa María de los Buenos Aires, que para la época, era como ir a la mismísima Europa. Llevarían a Lanco para mostrárselo al mundo.

Todo el viaje Nieves Alarcón lo fue planificando en silencio. En las tardes, después del trabajo en su tienda, se reunía en el desaparecido Gimnasio Victoria, al lado de lo que ahora es la casa de Manuel Charpentier. O bien se reunían en el bar a jugar al palitroque, o brisca o juegos de mesa en general. Allí conversaba con los amigos sobre hacer algo grande para que Lanco dejara de ser solo un punto en el universo. Querían hacer algo para cambiar el estigma de que Lanco era como estar en con plumas en la cabeza, había que hacer algo para que Lanco sea conocido en Chile. Y más allá. Pero nadie se atrevía. Nieves Alarcón con veinticuatro años dibujó la proeza en su cabeza. Él, desde niño sintió la necesidad ineludible de hacer cosas.

LAS MINAS DE HUEIMA

Hay una fotografía que ha pasado por sitios web, por trípticos turísticos informativos, y por exposiciones de fotografías en sepia. Pasaron muchos años hasta que una tarde de enero de 2020 cuando nos reunimos en su casa, donde viendo unas fotografías que justamente buscaban dar a conocer Lanco, por lo demás el documento estaba muy mal diseñado, pero al menos aparecía esta fotografía, pequeña, muy pequeña, más eso no evitó que la reconociera de inmediato y don Nene también. Ahí, con su parsimonia insoportable, nos comenzó a relatar que esa fotografía correspondía a sus andanzas de niño por las Minas Madre de Dios. Dicho viaje, más bien paseo por Hueima, se originó porque don Miguel Jara amigo de su madre, le pidió a ella que tenga a su hijo en la casa para que pueda estudiar en Lanco. Cierto día de vacaciones de verano, su amigo Alberto Jara le invita a su casa, donde casualmente su patio lo constituía esta mima de oro, y que era “un tajo abierto” en la tierra, y como niños de no más de doce años, se pusieron a jugar a ser mineros. Agarraron las herramientas y la carretilla de tablas y la pala y comenzaron a cavar. Al parecer, Don Nene siempre tuvo esta condición mental que no le permitía estar tranquilo, menos aun cuando de niño se había leído la colección completa de Julio Verne.

UN HOMBRE RANA EN PANGUIPULLI

Nene Alarcón, el verano de 1960, iba perfectamente vestido y se encontró de sopetón con “La casa del Hombre Rana” en el centro de Santiago, caminaba algo distraído. De pronto en una calle desolada y con veredas que solo albergaban solo a una persona, se encontró con una pequeña tienda, sin publicidad ni luces de neón. En su vitrina lo único que cabía era un enorme traje de hombre rana. Como siempre fue una persona de comercio, “le hace una oferta al dueño, que no pudo rechazar”. Al término de la transa, al hombro cargó el bulto y abordó un taxi, se fue a la Estación Central y abordó el primer tren a lanco. Al llegar le mostró el traje a sus amigos quienes se mueren de la risa y fue sujeto de todo tipo de bromas. Él no les hizo caso y averiguó donde podía tomar un curso exprés. Se enteró de que en Mehuin había unos famosos rescatistas y se contacta con ellos. Toma el curso. Para hacer los primeros ejercicios de Hombre Rana, lo sumergen para que vaya familiarizando algo tan increíble como caminar en el fondo del mar o en el fondo de un lago, como lo había leído de niño en Julio Verne y las 20.000 leguas de viaje submarino. Así se convierte en el primer hombre rana de Lanco. La imaginación de este ser humano era tan poderosa, que, en las calles de Lanco, mientras caminaba, al mismo tiempo se imaginaba que había un terremoto, luego un maremoto y que Lanco era alcanzado por las olas del mar, y que el con su traje de hombre rana buceaba entre los pilares de la iglesia.

Un día, don Nene, deseoso de estrenar su traje de hombre rana, se enteró que, a Lanco, en la Estación del Ferrocarril, dos cuadras al poniente de su casa en línea recta, habían llegado unas personas que venían a rescatar dos camiones que cruzaban en una embarcación el Lago Panguipulli, y por no estar bien estivados, a metros del muelle, los tuvieron que soltar y dejarlos caer, ya que, si no, hundirían la embarcación, tripulación y pasajeros, a una profundidad de setenta metros. Eran rescatistas de la Ciudad de Viña del Mar, de la Empresa Naitulius. Don Nene que no era hombre de dejar pasar una oportunidad de cumplir con lo soñado, se trenzó en amistad con estas personas y como el transporte a Panguipulli era muy escaso, ofreció su camioneta para llevarles a cambio de que lo dejaran descender a las profundidades. Como a los rescatistas no les quedaba de otra, aceptaron. Don Nene se fue corriendo a su casa y en diez minutos ya estaba cargando los equipos. Ahí les contó cómo había adquirido el equipo de hombre rana y les mostró un certificado que acreditaba que ya había descendido en una piscina en Mehuin. La información primaria que tenían los rescatistas, era que los camiones estaban a setenta metros de profundidad, más a don Nene le parecía una exageración, a menos que los vehículos los hubieran largado en medio del lago. Pero como fue a metros del muelle, al final la cifra se redujo a catorce metros. Los rescatistas, después de cerciorarse que los camiones estaban cerca, uno de ellos se sumergió ante la mirada atenta de Don Nene y amarró una piola de acero al chasis. Afuera dos yuntas de bueyes tiraban y tiraban y no avanzaban. Estos animales bufaban y bufaban, hasta que un trabajador forestal que sabía de bueyes, dijo – Van a reventar a los animales. Otro que había trabajado en camiones dijo: Una de dos, o está con el freno de mano o tiene un cambio pasado.  Ahí fue el turno de Don Nene, que ya estaba con el traje puesto, listo a que lo necesitaran. Entró al lago, mientras los vecinos y rescatistas lo miraban expectantes. El lago estaba calmo, y eso le permitió ver por primera vez la geografía subterránea de nuestro lago. Ubico el camión y sacó el freno de mano y los cambios quedaron en neutro. Eso era, los bueyes al grito de su amo y la varilla, comenzaron lentamente a moverse y a los pocos minutos se vio la trompa del primer camión Dodge. Ya de regreso en Lanco, y después de contar su aventura más de mil veces a sus amigos, creyó que sería la primera y última vez que podría descender las aguas de algún lago o un océano. Mas la vida es extraña y te coloca donde menos crees ser útil.

LA TRAGEDIA DE VILLARRICA

Un día de 1964,  como todos los días, había comprado el diario para estar informado. Como Lanco siempre ha estado más vinculado a la Región de la Araucanía por el comercio, ya que la gente históricamente se dirige allá, en el diario aparecía que, en la Ciudad lacustre de Villarrica, un padre con sus tres hijos se encontraba desaparecidos, ya que habían salido a pescar sin implementos de seguridad, y se levantó un viento Puelche, que se puso bravo, y hizo que la embarcación se estrellara a una baza, volcando. Los niños desaparecen en el acto en la profundidad de las aguas, su padre al tratar por todos los medios de rescatar a sus tres hijos, desaparece en la profundidad. Habían venido rescatistas de varios lugares, hasta de Argentina. Don Nene, como siempre, toma la decisión instantánea de viajar a Villarrica y ofrece su ayuda a las familias. Como era un estudioso y había leído en alguna parte que en los lagos se hacían pozones profundos, y por experiencia en el Rio Leufucade, no estaba equivocado. Los cuatro cuerpos estaban el fondo de un profundo pozón. Uno a uno los fue sacando con lágrimas que corrían por sus jóvenes mejillas.  Al salir, ya con los niños y su padre tendidos en el piso, Nieves Alarcón recibe el abrazo de la esposa y madre de los niños, y le pregunta cuando le va a cobrar por el trabajo. Don Nene la abraza con fuerza y le dice que nada, que lo hizo porque tenía que hacerlo.

Nunca más volvió a las profundidades.