Crónicas de Muñozo: Lozada, de Maracaibo a Panguipulli. Un viaje por la música

Una mañana fresca en la casa que no está en ninguna parte, en Cultruncahue, a pasos del Cementerio, comencé a mirar las fotografías recopiladas durante casi cuarenta años, de personas que aún están en la memoria, y otros y otras que ya habían pasado al olvido temporal (porque uno no olvida en absoluto, sino temporalmente). En todas y cada una de ellas, en color, en blanco y negro, tenían un denominador común, donde yo mismo me incluía en ese denominador: Todos nos habíamos ido a alguna parte y solo una parte habíamos regresado, aunque ya no éramos los mismo, ya que el solo hecho de cruzar una frontera, nos convierte en nómades. (aplica también a los cambios de casa y trabajo).  Así proseguí revisando el interior de los libros, donde por costumbre, cábala o simplemente respeto a los dueños anteriores de estos textos, dejo todo lo que encuentre en su interior, donde mismo. Todo lo descubierto le suma a la historia que ahí se cuenta. He encontrado de todo en su interior. Cartas de amor envejecidas, boletas, estampillas, panfletos, dedicatorias de todo tipo y muchas fotografías. Entre ellas, una que siempre me llamó la atención, pero la perdí. Allí aparecía una mujer joven, se le apreciaba su espalda y su cabellera de leona hasta la cintura. Tenía un chaleco azul abierto, que sin duda había sido tejido en su país. Estaba mirando el mar, hacia un punto cardinal que ella había identificado y que seguramente, hacia allá estaba lo que ella más deseaba: su país. Cuando encontré esa fotografía solo la contemplé un instante, hace más de treinta años. Ahora me la encontraba nuevamente y solo ahora leí la leyenda al reverso: Cuba, playa donde desembarcó el Poeta José Martí. La regresé al libro y lo dejé donde mismo lo había depositado antes. Proseguí revisando cientos de libros, postales, fotografías CDs de los maestros de la música, y todas las herramientas posibles que me ayudan a escribir. Me quedé pensando que al final del día y de la historia, todos somos INMIGRANTES.

Habitualmente, después de preparar todo para escribir unas líneas, abro un libro, uno de tanto que encuentro en las ferias de Santiago, y que la gente no sabe que está vendiendo joyas preciosas, y que para mí son la manera de nutrirme. Uno de esos tantos libros que he comprado en no más de $500, menos de lo que cuesta un pasaje de micro, encontré un libro imprescindible, de buen formato, buena edición. Buen material, buenos textos (100 textos), y que seguramente tendrían que ser utilizados en las aulas de las escuelas chilenas, y sin embrago, ahí estaba “tirado, abandona a su suerte”, como cualquier cosa en una feria persa de Maipú, en las calles circundantes a la intersección de Las Naciones y Camino a Rinconada. (Cerca de donde hace muchos años asesinaron a una familia completa, un montaje de la época negra, y donde de esa tragedia, los sobrevivientes, se dieron maña a desenrollar la madeja de la verdad (no oficial) para descubrir que los habían asesinado cobardemente. Alberto Rodríguez solo tenía unos meses y a su madre le sacaban los ojos. De ahí surgió el libro Los Ojos de Catalina, que relata la historia brutal, y que Alberto me regaló). Pero esa es otra historia. En esa feria se coloca un señor, como tantos otros, que buscan en la venta de lo que sobra una forma de hacer dinero desde la informalidad de la “Economía del éxito chileno”.  Las cosas que vende las recolecta de los “cachureos” que la gente tira a la basura, y que el/ellos, reciben y venden la cola de las ferias libres, en lo que caiga, de martes a domingo. Ahí estaba este libro rojo, que, al recogerlo, entendí de inmediato que nadie lo había leído, ya que no estaba ajado.   Y un libro límpido, (así como una Biblioteca ordenada) no sirve para nada, ya que, según nuestra Premio Nobel, la lesbiana y libre pensadora y faro intelectual de América Latina, Lucia Godoy Alcayaga, Gabriela Mistral para los lectores, definía que una Biblioteca ordenada era una pena y un fracaso, ya que significaba que nadie la visitaba. Por ello, procedí recoger con todo el amor que puedo dar este libro, y me fui al título: “La Vuelta al Mundo en más de 100 textos: Antología de Lecturas Literarios e Informativas”.  Para la Asignatura de Lenguaje y Comunicación. Editorial Planeta. Una Edición Especial para el Ministerio de Educación… “Prohibida su Comercialización…¡¡¡¡”. (y ahí los estaban vendiendo…) Por suerte para mí.

 ¿Cuánto cuesta? le pregunte a mi interlocutor. Abrió su mano y mostró sus cinco dedos.  Solo los de la calle sabemos de estos códigos y como soy de la calle, comprendí de inmediato en mensaje: “Una mano puede significar cinco pesos, quinientos pesos, cinco lukas o cinco millones”, dependiendo de lo que estas negociando.  Entendí que costaba $500. Una mano. Que me dijeron a mí. Me fui feliz ojeando los textos. Su mayor cualidad, aparte de tener textos breves, era su heterogeneidad.  Entre ellos: El Poema Ítaca de Konstantino Kavafis,  La vuelta al Mundo en 80 días de Julio Verne. Viaje por el infierno de Nicanor Parra, Los inmigrantes, ensayo de Mario Vargas Llosa. El paseo repentino de Franz Kafka.  Partir es Morir un poco, de Jacques Sternbrg, la Canción de Jorge González “Tren al sur” (no me digas pobre).  De Jorge Teillier “Viaje”.  El Efecto Mariposa.  La caída del Muro de Berlín (artículo).  La Declaración de la Independencia de Estados Unidos de América.  La primavera Democrática de las sociedades árabes: Cinco causas de la insurrección árabe (Articulo). Una Historia de la Revolución Cubana (Testimonio de Ernesto CHE Guevara”. Los mejores Diálogos del Cine.  El Discurso de Steve Jobs (Discurso). Aspectos psicológicos del Destierro.  (Artículo).  Cuatro Mitos y Realidades del Mundo Verde (artículo). Breve Historia del rock en Chile (Reportaje). Conoce Chile Caminando (Texto publicitario). Los Gitanos en Chile: De viajeros eternos a viajeros soñadores (reportaje)…. Y muchos más…¡¡¡

¿Qué había en común en los textos?… que la mayoría hablaba de viajes, unos al fin del mundo solo por aventuras, otros, a pie huyendo de la pobreza y la violencia. Al menos tres los conocía de cerca. El primero y personal fue el de mi madre y mis hermanos pequeños que se fueron del país en los 80s porque no había que comer. El segundo, una experiencia que tuve en un día de invierno de 1986, cuando partí de Santiago de Chile a la Ciudad de Mendoza en Argentina, un día de julio, el diez creo, y luego abordé el Ferrocarril San Martín a Buenos Aires, y estos ojos vieron como una joven madre peruana o boliviana soportó estoicamente el frio glacial de las Pampas Argentinas, en la madrugada más fría que se consigna en la climatología. Ella estaba sentada frente a mí con su pequeño hijo, y como único atuendo para el frio, una blusa. Yo por mi parte, fui de a poco poniéndome dos pantalones, dos chalecos, tres parres de calcetas, y ni aun así logré dormir por el frio reinante en el vagón económico en el que viajábamos, y fue tanto el frio, que la calefacción del ferrocarril no fue suficiente. Finalmente, el sueño me tumbó y cuando desperté con los rayos del sol que entraban por la ventanilla, el sol que ya había dado los buenos días al Rio de la Plata.  Ella ya no estaba, pero sin duda era el rostro de la migración.

El último, se emparentaba con uno de los artículos de este libro, que aparece en la página 248 – 250, y que se titula: Una nueva vida en el Tren de la Muerte”, que es un reportaje que realiza Valeria Perasso, en www.bbc.co.uk (el 24/10/2011). El relato retrata la odisea de seres humanos que migran escapando de todo.

LA MARCHA MIGRANTE.

Diecisiete años después, esa misma Marcha Migrante, continuaba a través del Tren de la Muerte, llamado la bestia, y esto lo captó  el periodista, fotógrafo y corresponsal  chileno de la Agencia de Noticias Reuters, el  puertomontino Edgar Garrido, y que cubrió en primera persona este viaje tan increíble como desgarrador, tan desgarrador como la fotografía que su lente fotográfico captó, de un niño en brazos de su madre, llorando, no por “maña” como diríamos en NUESTRO CONFORTABLE PAÍS, sino que lloraba por hambre, calor, frio, fiebre, por picaduras de mosquitos… en realidad da igual. El caso es que, entre cientos de fotografías, Edgar logró el disparo justo. En resumen, esta fotografía de la pobreza y la migración ganó el Premio Pulitzer en octubre de 2019. Muy pocos nos enteramos. Como los pobres no importan, la televisión miró para otro lado. Solo canal 13 le brindo dos minutos. El que fue más allá fue Fernando Paulsen, en su programa de la Radio La Clave, el que se puso en contacto en directo con Edgar Garrido, y ahí los oyentes chilenos en su torre de cristal, se enteraron que había familias completas que dejaban todo en sus barrios, en sus campos, en sus ranchas, para iniciar un viaje con destino desconocido hacia el sueño americano.

Algo parecido, pero no igual, en este mismo libro nos relataba en el Ensayo “LOS INMIGRATES”, en la página 95, Mario Vargas Llosa, escrito para el Diario El País el día 25/08/de 1996. Edgard Garrido, ni yo, ambos en ese tiempo en los primeros años de universidad, siquiera teníamos idea que este fenómeno migratorio nos llamaría tanto la atención, y menos que sería parte de Crónicas de Muñozo.

Al concluir la minuciosa revisión del libro, concluí que eran textos asombrosos, que en las manos apropiadas (podrían ser peligrosos).

Lo compre el año 2016, un año después de su edición, y nadie podría prever (como lo decía Carlos Pinto en medio de la neblina televisiva) que este libro, al abrir sus páginas al azar, me encontraría con la página N°95, y el texto de Mario Vargas Llosa. Ni que me hubiera leído el pensamiento Don Mario.  Y al colocar la carpeta de música en el Notebook, apareció cantando el mítico Hugo Moraga, con esas canciones íntimas que no hace recogernos en el alma.

Un instante, me quedé pensando en que, si yo estuviera aún en las aulas, sin duda, olvidaría el currículo y solo haría que los alumnos en lo que corre del año solo leyeran este libro con cien textos, que es como colocar el mundo ante sus ojos y que luego desarrollasen “ensayos” de cada uno, que es la mejor manera de aprender del mundo.   

ALEJANDRO LOZADA. LA MÚSICA NO TIENE FRONTERAS.

Alejandro Lozada creció en un sector de la Ciudad de Maracaibo, llamado Urbanización San Miguel. De niño, vivió en una casa enorme, y la niñez la disfrutó como se disfrutan las mejores cosas, en la calle, jugando al béisbol con sus amigos, ya que en Venezuela el deporte más popular y masivo no es futbol. El tiempo daba para todo, ya que la jornada escolar era de las 08:00 hasta las 13:00 horas, y el resto del día solo se ocupaba en estudiar lo suficiente, y luego ser feliz, ya que lo que hace a los niños ser felices no es el estudio, sino los juegos.  Los mejores amigos de la vida, hasta el día de hoy, son sus vecinitos, los amiguitos que jugaban tardes enteras en Alejandro en su barrio. De hecho, hoy ya de adultos, por razones ajenas a su voluntad, casi todos están desperdigados por el mundo, pero aún, con más de treinta años de amistad, se buscan, se valoran, se comunican y se quieren como los mejores amigos que uno tiene en la vida, que son de niños, donde no hay envidia, maldad, arrogancia.

Su vida de infancia se puede resumir en dos elementos fundamentales para ser feliz: los amigos y los juegos (y claro, una familia que apoye).

ALEJANDRO LOZADA Y PAQUITO DE RIBERA

Desde que Alejandro era pequeño, en su casa y a pesar de que sus padres no eran personas ligadas a la música, siempre se escuchó música de la buena. Así ya Alejandro alrededor de los nueve años comenzó a escuchar la música de la que disfrutaban sus padres. Fue natural que también heredara la discografía de sus progenitores. En aquel tiempo en su casa existía el casi extinto tocadiscos de vinilos. En tatarabuelo de los formatos en casetes, CDs, DVDs, MP4, y MP3. En esa discografía apareció Paquito de Ribera, un eximio músico de la Isla de Cuba. Este cubano admirado por Alejandro Lozada. Paquito fue un niño prodigio, que ya a los cinco años su padre lo instruía en música, que lo llamaban Tito, un conocido saxofonista y director de orquesta. Paquito fue el miembro más joven en tocar un instrumento musical en la isla y que no tardó en unirse a la famosa compañía Selmer. El año 1958, con diez años, actuó en el Teatro Nacional de La Habana. Luego ingresó al Conservatorio de la Habana a los trece años para estudiar clarinete y composición. En 1965, a los diecinueve años, virtuosos clarinetista y saxofonista, actuaba por primera vez, como solista con la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, trasmitido por televisión y radio a toda Cuba. Ese mismo año junto a “Chucho” Valdés, fundaron la Orquesta Cubana de Música Moderna.  Luego, junto a otros ocho músicos jóvenes forman la extraordinaria orquesta Irakere, que fue una mezcla de Jazz, rock, música clásica y tradicionales sonidos cubanos. Luego pasados los años, en la misma línea surge el fenómeno musical de Buena Vista Social Club, Calle 54. Paquito de Ribera siempre estuvo presente, y fue fundamental para que la música cubana traspasara fronteras. En los 80s, en Estados Unidos comienza a colaborar con músicos como Arturo Sandoval, Roditi, Muchel Camilo. También Bebo Valdés, padre de Chucho, toca con él. Bebo es el autor del disco “Lágrimas Negras” que interpreta junto al cantaor Diego “El Cigala”. En 1995 graba con la Orquesta Sinfónica de Londres, dirigido por Lalo Schifrin, el proyecto “Caribean Jazz Porject, para luego ganar el Grammy por su disco “Portraits of Cuba”. Sus últimas colaboraciones han sido con Eddie Gómez, Mc Coy Tyner, Herbie Mann, Tito Puente, Astor Piazzolla entre otros.

MARISELA BEATRIZ, UNA MADRE FUNDAMENTAL.

Su madre, la Sra. Marisela Beatriz, apenas salía un (LP), Long Play de Paquito de Ribera, lo compraba. Alejandro, su hijo, ya fuera de su país, en Estados Unidos comenzó a adquirir para sí la obra de Paquito. Apenas salía un CD (Compact Disc), lo compraba en alguna tienda de música. Hasta que un día hubo un Festival Internacional de Clarinete, Alejandro coincidió en la Ciudad de Washington D. C. Capital de Estados Unidos. Era una competencia. En esa oportunidad, lo escuchó en vivo por primera vez, y fue una experiencia que lo marcó a fuego. Ahí se dio cuenta, de músico a músico, de que la fama de Paquito era gigante y más que justificada. Hasta llegaron a compartir ya fuera de los escenarios. Alejandro califica a Paquito de Ribera de un gran maestro y mejor ser humano. Fue un sueño de niño hecho realidad.

Como las madres son la ley y el orden en cualquier casa de América Latina, en Venezuela no fue la excepción, y una mañana cualquiera mientras el pequeño Alejandro Lozada jugaba a la pelota con sus amigos, su madre (Marisela Beatriz González Borjas) terminó de arreglarse y lo envió a las duchas para que se pusiera presentable, ya que tenían que salir. Ella sabía que su hijo tenía un don, pero no sabía cuál era, así que se dijo para si – si lo inscribo en variadas actividades, en más de una tendrá que destacar. Ella le tenía fe a su hijo. Así que, al regreso al hogar, Alejandro Lozada ya estaba matriculado y estaba destinado o a ser un ser cercano a dios, o bien campeón olímpico de natación o de Taekwon-Do, o un perdido o un gran maestro de la música. Su madre sabía que había algo oculto en ese niño. Así es que de un día para otro se vio a si mismo asistiendo a clases de catecismo, con un relicario colgando del cuello, luego pasaba a las clases de natación y de Taekwon-Do, y terminaba en clases de teoría y lectura musical. Esta última, para cualquier niño habría sido un aburrimiento capital, sin embargo, para Alejandro fue como una revelación cuando una tarde, en su casa en la ciudad de Maracaibo, por la televisión daban una Teleserie, en donde Víctor Cuica, tocaba el saxofón como los dioses. Alejandro pensó para si – Dios existe. Y ahí mismo que quiso ser músico. Si lo pensamos, fue algo que tan fortuito, que justamente este niño estuviera viendo ese canal. Quedó prendado de la vultuosidad del Gran Maestro, al cual tuvo la oportunidad de conocer años más tarde y no pudo soportar las ganas de hacerle el honor de confesarle que gracias a él, en la caja idiota, se inclinó por aprender a tocar un instrumento.

Cuando se dio la posibilidad de acceder a un instrumento, solo existía la posibilidad de aprender clarinete. Su primer maestro, el año 1986, fue el español Félix Mozo. Lo marco para siempre en su trayectoria de músico, que Alejandro no sabía que lo llevaría más allá de las fronteras colonialistas.

Como todos los jóvenes en sus primeros años de juventud, andaba un poco a los tumbos y perdido, pero su madre le tenía fe. Tenía que probar y entro a estudiar un año y medio de Química Pura en la Universidad del Zulia, pero no era lo suyo, las notas musicales lo perseguían día y noche.

SUS ABUELOS

Su abuelo materno de la Ciudad de Maracaibo se llamaba Luis Alberto González y su abuela materna era la Sra. María Conchita Borjas de González.

Su abuelo paterno se llamaba Silverio Lozada, del oriente del país, y su abuela fue la Sra. Ana Gregoria Cedeño de Lozada del pueblo de Caripito.

SUS PADRES

Su padre, fue Silverio José Lozada de Caracas y su madre es Marisela Beatriz González de Lozada. Se conocen en la Ciudad de San Felipe, en el Estado de Yaracuy.

SUS HERMANOS: 

El mayor de los hermanos es Javier José Lozada González, que vive en Estados Unidos, y su hermana menor, Laura Beatriz Lozada González, que vive en Coihaique.

LA MÚSICA COMO MEDIO DE TRANSPORTE


Alejandro Lozada cumplía a penas dieciséis años y ya se montaba en un avión para llegar a Estados Unidos becado. Los caminos de la vida son misteriosos y mientras otros latinoamericanos luchaban por traspasar las fronteras en caminatas eternas, y peligros de todo tipo, por llegar al gigante del norte, para Alejandro el pasaporte y la visa se lo daba la música. Audicionó para una de las becas y la consiguió. Como pasa en los viajes, uno no se da cuenta de lo que viene hasta que ya está en territorio extraño, y pasas de ser un “NATURAL”, a ser un “EXTRANJERO”. La vida cambia de lógica, y ya nada es seguro. Y luego ya no eres el mismo. La vida se transforma en una constante transformación.

En un abrir y cerrar de ojos ya pisaba suelo norteamericano. Continua con su formación como músico en la New World School of the Arts gracias a un convenio con la Universidad de la Florida en la ciudad de Miami en el Estado de la Florida. La beca dura cinco años.

Ya en el año 2001 audiciona para una maestría en Interpretación en Clarinete en la Michigan State University y termina en el año 2003. Y como Alejandro siempre quiso seguir creciendo en su arte, en el año 2003 adiciona para un Doctorado. Esto le permite estar cinco años más estudiando para obtener el título de Doctor en Artes Musicales en la Universidad de Nebraska-Lincoln, donde se le ofrece una beca, la Hixson Lied Doctoral Fellowship, que solo se da a 4 estudiantes en toda la universidad, uno de ellos fue él. El año 2008 regresa a Florida, Miami, hasta el 2010. Ahí ya ejerce como profesor en el Miami Dade College, paralelo a ello es clarinetista de la Orquesta Sinfónica de Miami.

DE REGRESO EN VENEZUELA

En el año 2010 regresa, luego de 15 años, a Venezuela hasta el año 2012. Sin duda era otra Venezuela, y el también. Ya era un gran maestro y se le invita a trabajar en la Fundación Nacional de Orquestas Sinfónicas Juveniles e Infantiles de Venezuela, mejor conocida como EL SISTEMA, y en la Academia Latino Americana de Clarinete.

Ya era un ciudadano del mundo por lo que no duró mucho en su país, y en el año

 2012 viaja a Canadá, a la Ciudad de Toronto hasta el año 2014. Una de las ciudades más imponentes del mundo. Ahí Imparte clases y toca en varias orquestas profesionales.

En el año 2014 ya estaba nuevamente en un avión para arribar Santa María de los Buenos Aires, para instalarse en el Partido de Escobar.  Hasta el año 2015 participa en giras con la Orquesta Filarmónica de Rio Negro.

LA AMISTAD Y LA LLEGADA A PANGUIPULLI

Muchos años antes, en la Ciudad de Miami, entablo una de esas amistades que se permanecen en el tiempo, con un chileno, esas amistades implacables, sin doble estándar, esas amistades que valen la pena.  El Gran Maestro Rodrigo López, Violista y Violinista, y por su intermedio logró contactarse o viceversa, ya hace casi seis años, con el Director de Orquesta Alexander Sepúlveda y Pamela Calsow, esta última, a la cabeza del naciente proyecto. El cuerpo docente de la Orquesta Sinfónica de la Casona Cultural de Panguipulli estaba en formación, y se necesitaba un clarinetista. Ambos, Alexander y Pamela lo entrevistaron a través Skype, aparte de ver sus videos en You Tube. Al cabo de la entrevista no había dudas, y le hicieron una propuesta y en días ya se embarcaba rumbo a Chile, un destino más, una vida más, y a un rincón precordillerano conocido como Panguipulli. Se ha sentido acogido, respetado y reconocido. El, Alejandro, el músico, lleva consigo su familia, su esposa: María Verónica Musa-Rached, Argentina de origen árabe-francés, hoy encargada de la Biblioteca de la Casona Cultural y ya una Cuenta Cuentos que va por Panguipulli encantando a niños y niñas con las lecturas infantiles. Estudió Ingles en la ciudad de Miami, donde se conocieron. De ambos, su hijo, Elissandro Francisco Lozada, que comenzó tocando violonchelo y migró como era natural a Clarinete como su padre.

Alejandro Lozada ya lleva casi cinco años en Chile/Panguipulli, y lleva una vida reposada, ya que el sí sabe de orbes, dice que es un privilegio de vivir en ciudades pequeñas, donde no te demoras más de cinco minutos para ir a cualquier parte y eso se valora.  No sabe si sus últimos días los vivirá en este territorio, pero por las dudas, y como ya lleva más de cinco años en la comuna, y como Panguipulli tiene un magnetismo especial (díganmelo a mí que llevo ya casi veinte años), ha iniciado los trámites para adquirir la ciudadanía chilena.

PALABRAS FINALES

Nadie en la tierra se va de su tierra por gusto. Son múltiples las razones para dejar todo y comenzar de nuevo, ya que el fenómeno migratorio ya es global y no podemos mirar indiferentes. No hace muchos años los chilenos cruzaban las fronteras de todos los continentes en la búsqueda de una mejor vida, ya que nuestro país era uno de los más pobres y más desiguales, algo que se ha maquillado un poco, pero nuestro rostro profundo sigue ahí, agazapado. La migración tiene muchos rostros y muchas realidades. No todos los destinos son los mismos, y la suerte, si se le puede llamar así, de unos no es de otros, y tiene que ver muchas veces en qué condiciones nos volvemos un SER QUE MIGRA. No es lo mismo ser migrante haitiano, que argentino, cubano, chileno, peruano o venezolano. Va a depender de lo que nos legó nuestra familia y el país de origen. Aquellas herramientas que llevamos de un lugar a otro y que nos hace sobrevivir de mejor manera.

Alejandro Lozada no fue un inmigrante propiamente tal, pero si convivió con distintas experiencias de otros que si lo fueron. Alejandro fue en sus inicios alguien que, gracias a su familia, temple y perseverancia, que se ganó la posibilidad de ser un maestro en su instrumento. Sin embargo, al cruzar más de una frontera, te conviertes en un viajante permanente, que también otra forma de ser migrante.

GRACIAS ALEJANDRO.

Panguipulli, Sala de Música Casona Cultural.

Lunes 27 de enero 2020/ 10:00 horas.