Crónicas de Muñozo | Isabel Aedo y Catherina Morales. Dos mujeres, un alma

   | 24 MUJERES, 24 HOGARES.

Era septiembre del año 2015 y me habían contratado para capacitar a 24 mujeres y un hombre en Panguipulli, en un Programa de Gobierno llamado Profocap, que es un convenio entre el Ministerio del Trabajo, Conaf y las municipalidades a lo largo de todo Chile. Si somos rigurosos, es un programa de corte político, que busca en el fondo “subir en una época del año la estadística de desempleo”, ya que se aplica en todo el territorio nacional, lo que en sí mismo no es malo, pero no es real. Lo positivo es que me encontré con un temario que abordar, lo que en verdad era mi especialidad, ya que consistía básicamente en CONVERSAR, algo extraño y desconocido en los tiempos que corren. Y que mejor, hablar, reírnos y jugar. 

   | MUJERES

¿Quiénes eran éstas mujeres? toda una incógnita. Entonces procedí como me indicaron mis empleadores, había que a citar a estas personas, llamarles a cada una y solicitarles se presentaran al día siguiente en la Oficina Municipal de Desarrollo Económico Local (OMDEL) a las 09.00 de la mañana en punto. Llegué y había una fila silenciosa, me miraron distantes. Fui llamando a cada una de ellas y todas muy respetuosas -y comportadas- fueron dando sus datos personales que había que llenar en una hoja. Yo, ahí de burócrata, le tenía cierto recelo al trabajo, (a ese trabajo) por lo que implica trabajar y abordar las vidas de personas que no conocía. Así fueron pasando tímidamente una a una.

Entre ellas podemos recordar a Rosa Silva, Paulina Reyes, Camila Concha, Marcia, la Sra. Susana, don Luis Borquez, el único hombre, la Sra. Jova, y la extraordinaria Teresa Leufumán, entre otras. La última fue Isabel Aedo Ruiz, una mujer delgada y con la sonrisa de alguien que desconocía la palabra “RENDIRSE”. O tal vez nadie le había explicado lo que significaba bajar los brazos y dejar de luchar. Después comprendí que no podía, y solo debía creer en que la vida era una oportunidad y no un lastre. Después darme los datos, me dijo que tenía un problema – “pero no se asuste, corrigió inmediatamente” y yo me reí. (me dije a mi mismo, si ella supiera que he muerto mil veces y mil más he revivido como el mismo Conde Drácula). ¿Y cuál sería el problema?, le interrogué; Ella se ruborizó y dijo que solo creía que no podría participar de los talleres. Que a todo esto eran talleres de Crecimiento Personal, entre otros los tópicos, Liderazgo, Trabajo en Equipo, autoestima, Violencia de Genero, entre otros. Cuando Isabel Aedo, una mujer “apellinada”, no por los años sino por la certeza de tener una misión en su vida, terminó de contarme cuál era su problema, solo le respondí que su problema, no era un problema, y que no se preocupara, ya que si para mí no era un problema, menos debía serlo para ella.

Los primeros días faltó y ya cuando creía que definitivamente no llegaría, al tercer día fueron llegando una tras otra las alumnas / trabajadoras, ya que contaban con un Contrato de Trabajo. Logramos conseguir una pequeña sala de clases ubicada en el segundo piso del Salón Parroquial, en el tercer piso, uno arriba de la Radio San Sebastián. Tenía una sala estrecha y con las suficientes sillas para albergar a todas estas mujeres LUCHADORAS y un hombre, donde se tomaba desayuno y se socializaba. Cada una llegó en silencio y cohibida. Para llegar a ese lugar, hay que subir una empinada y angosta escalera. El primer día faltó, el segundo día también y cuando creía que definitivamente había desertado, y en medio de una ronda de presentación individual y colectiva, golpearon la puerta, tan imperceptiblemente, que mi propia voz no permitió que escuchara ese golpe de nudillo. Teresa me dijo “Profesor, están golpeando”. Fui a ver y al  abrir la puerta lo suficiente para ver quién era, solo vi una sonrisa. Era Isabel Aedo, quien me invitó a bajar las escaleras a ver su problema, y ahí estaba su problema, la niña/mujer más tierna, pura y delicada que podemos encontrar en la vida Catherine Morales Aedo. La subimos como pudimos y (ella) pasó a ser una más de las alumnas/trabajadoras, que en rigor no lo era, pero fue fundamental. Participaba feliz en todas las actividades. Ni la lluvia, ni el frío condicionaban su participación. Isabel llegaba con ella en los días buenos toda sudorosa, cansada, pero feliz, de hecho fue casi una asistencia perfecta. Isabel desde el principio fue una revelación en el grupo, una líder innata. En silencio sus compañeras le admiraban. Desde su casa cruzaba media ciudad, desde Panguipulli alto hasta la Plaza Arturo Prat, que esas alturas ya era una masa de cemento.

Pasamos tres meses juntos en ese pequeño espacio donde compartimos la vida. Les conté un poco de mi vida en la primera mañana, a modo introducción, y se reían, y reían, y reían. Una se levantó y me dijo “PROFE, ESAS COSAS NO PASAN”. Ahí me di cuenta que era una historia increíble, y que si me dieran a elegir vivir dos veces, sin duda elegiría la misma vida. Solo les contesté que porque fuera increíble, eso no significaba que no pudiera suceder. De a poco, una a una se fue mostrando tal cual eran. Liberándose día a día, luchando contra sus demonios. Fueron mostrando sus caracteres, sus talentos, sus formas de pensar, sus liderazgos, su misticismo, y sus creencias. Sin duda, sus penas, alegrías y sueños. Pronto en los relatos comenzaron a parecer sus seres queridos, que los fuimos conociendo de oídas. Lo que yo intentaba (y que lo he hecho desde que aprendía a leer la mente), era desmitificar sus creencias. En la tromba de opiniones, y más de las veces, utilizaba una pregunta retórica pero efectiva para crear una duda (¿Usted /ustedes está/n segura (s) que desde niños/as le dijeron la verdad sobre lo que en verdad era la vida?…. ¿No se han puesto a pensar que todo es mentira y que la vida pudiera ser todo lo contrario? Solo se reían divertidas y movían la cabeza, como diciendo, que dice este hombre. De pronto, y al estilo “Godinez” (de la Escuela del Chavo del Ocho) una se levantaba y decía; “profe, ya tomemos desayuno”. Yo contestaba que para qué si ya habíamos tomado desayuno. “Si profesor”, me retrucaba, “pero ya tenemos hambre nuevamente”. Ante ese argumento lapidario, procedíamos tomar desayuno por tercera vez en la mañana.

Así conocí a estas dos extraordinarias mujeres, Isabel Aedo y su hija, Catherine Alejandra Morales Aedo. Una no se puede explicar si la otra, es una simbiosis en sí misma. 

Catherine, hoy tiene 27 años y es autovalente. Sus dificultades físicas no fueron escoyo ni justificación para no estudiar y superarse a sí misma.  No estudió para demostrar nada a nadie, sino para que su madre estuviera orgullosa, y también para saber cómo funcionaba el mundo. Sus primeros años los hizo en la escuela Ernesto Pinto, actual Manuel Anabalón Saez, y pasó sin dificultad todas sus materias, para proseguir sus estudios en el  Liceo Municipal Fernando Santivan, donde sus compañeros desde el primer momento la apoyaron, haciendo que la palabra compañeros/as cobrara sentido. Tuvo una educación diferenciada.

Tres lustros nació en el Hospital de Panguipulli. Su madre la amó desde el primer momento, y desde ese momento se hicieron una. Isabel Aedo se concentró en las cosas buenas de la vida, ya que sabía que serían años de mucho sacrificio, donde tendría que golpear puertas. A Carmen le ayudó mucho ser una persona optimista y de fácil palabra. A los dieciocho años había quedado embarazada, y a los diecinueve años fue madre. Siempre contó con el apoyo de su padre Don Pedro Aedo Aburto, que en su juventud había sido maderero en la zona de Puñir. En el año 1984 cuando se cerró en Complejo Maderero, comenta Isabel, “nos sacaron con lo puesto”. Hoy dice orgullosa, por ser parte de esa historia de niños del pasado complejo maderero, que están peleando la tierra ganada con sangre, sudor y lágrimas.

Catherine, tuvo complicaciones al nacer, por lo que tuvieron que casi vivir en el Hospital Base de Valdivia. A los cuatro 4 meses le dan el “alta” y es su tía Irene Aedo quien viene para prestar apoyo y ayuda en lo que se pueda. Isabel, el año 1996 recibe uno de los golpes más duros de la vida, su Padre
Su padre se llama Nolberto Aedo Villagra, que fallece el año 1996. Su madre se llama Aurora Ruiz Soto.

Fue una etapa difícil, ya que Catherine necesitaba una alimentación diferenciada. En su tiempo acude a la Municipalidad de Panguipulli donde recibe el apoyo profesional de la Sra. Ana Barrera, quien le gestionó la Pensión de Invalidez, y también de otros profesionales. Recuerda que el Alcalde, Andrés Sandoval, gestionó su asistencia a la Fundación Teletón en la Capital Regional el año 1993. Pero asistió poco ya que con el tiempo los apoyos de movilización desde el municipio comenzaron a mermar, y pronto Isabel tuvo que sacar dinero de su bolsillo para pagar el traslado. Era costoso, y como cuidaba a tiempo completo a su hija, era difícil generar recursos monetarios extras. Mas no podía darse el lujo de desfallecer y se animó a trasladar a su hija en Buses Pirehueico. Recuerda con cariño y agradecimiento el gesto de uno de los tantos auxiliares que se llamaba Javier Cofre, que era alto, delgado, muy conversador y sobretodo el auxiliar estrella de la flota. Él las esperaba con la puerta abierta todo lo que podía. Con el tiempo se convirtió en conductor de estos buses insignes de este lado del mundo.

No pasó mucho tiempo y tomó la decisión de llevarla a Santiago, a Neurocirugía, para saber de una vez por todas si caminaría alguna vez. El médico no lo adornó mucho y le dijo – “La niña no caminará nunca”. A Carmen Aedo, no le importó, era su hija y ella estaba ahí para apoyarle.

   | ESTUDIAR PARA CRECER

Isabel Aedo siempre quiso estudiar, y tiene las condiciones de sobra. Por eso puso todo su empeño en criar a su hija con el fruto de su trabajo, y estudiar como fuera. Postuló a cuanto curso, taller o capacitación hubo. La llamaron para un curso de bordado de Punto Ruso, donde el Alcalde René Aravena le apoyó. Esa capacidad de resiliencia de Isabel le permitió ganar el Capital Semilla. Con los recursos compró bastidores y una máquina de coser. El sol volvía a brillar para Isabel y Catherine. Más aún cuando se hizo presente en sus vidas la Fundación Andes Mágicos, que le permitió a Catherine salir de su casa y conocer la naturaleza, y perder el miedo a la lluvia, el frío. 

   | SILLA DE RUEDAS

La primera silla de ruedas era especial para Isabel Aedo, ya que la mantenía en perfecto estado físico. Cada traslado de Catherine a cualquier actividad o control de salud, debía trasladarla empujando la silla de ruedas. Así que como ejercicio era fantástico. Puede ser terrible plantearlo así, pero era la realidad dura de una vida llena de temple y sacrificio. Y como Panguipulli es especial, y la gente no es muy empática que digamos, se encontraba con la dificultad de que los colectiveros se negaban a llevarla y traerla, por ser una dificultad extra. Y le decían que para eso eran los taxis. No piensan que el día de mañana le puede tocar a cualquiera. Más, no hay mal que dure cien años, y por fin se dio la posibilidad de acceder a una SILLA DE RUEDAS NUEVA, ahora con un motor y controles que permitía la auto-valencia de la pequeña y adorable Catherine, que no pasó mucho tiempo para aprender el mecanismo y controlar este vehículo que le hacía la vida más fácil y no depender al cien por ciento de su madre, que igual seguía preocupada, como si la silla no existiese.

Habían sido tantos años, que ya era parte del cotidiano. Más lo tecnológico también tiene su debilidad, ya que era/es complejo desarmarla para subirla algún vehículo. Hoy necesita una nueva silla, y no tiene como conseguirla, ya que la Profesional del Centro de Salud Familiar de Panguipulli (CESFAM) Fabiola Lucero, que ya no trabaja ahí, fue la que le gestionó antes a través de un proyecto, el recambio de la silla nueva a motor, porque como cualquier elemento tecnológico comienza a fallar y los gastos han tenido que correr por parte de Isabel, su madre. Las ayudas y apoyos han sido múltiples, e Isabel está muy agradecida también del Hospital y Centro de Salud Familiar de Panguipulli respecto del Programa de Atención Domiciliaria, que cuenta con un equipo interdisciplinario, y que atiende cunado corresponde a Cetherine.

Al finalizar esta crónica viene la pregunta inevitable: 
Isabel, a su juicio ¿qué le dejó su paso por los talleres del profocap?
R: Sacar personalidad, responsabilidad, expresarse, defender a otros, sacar de abajo a sus compañeras y emprender el vuelo. Verse a la cara con otras mujeres y comprender que no es la única que tiene problemas.

   | EL FUTURO

Catherine Morales Aedo, Catita de cariño como le llamé en el Profocap, realizó un curso de auxiliar de bodega en Más Capaz de Sence, y realizó su práctica en la Biblioteca Pública de Panguipulli.

Hoy la familia es más feliz, ya que ya no son dos mujeres sosteniéndose la una a la otra y viceversa, ya que llegó otro integrante a la familia: de un año y siete meses, Marco Cornejo Aedo. Su segundo hijo y el Padre de éste. Ahora son cuatro. 

El sol salió para quedarse.

Gracias Isabel Aedo Ruiz, gracias Catherine Morales Aedo.

PANGUIPULLI, 30 DE AGOSTO DE 2019.