Crónicas de Muñozo | Luciano Pulgar: Un oficio para valientes

Fundador de Funeraria Pulgar; “Alguien tiene que hacerlo”. 



Crónicas de Muñozo.- A este hombre lo conocía de vista, y por la imagen que me hice de él cierta vez que nos cruzamos a la salida de la Funeraria Pulgar. Vestía una camisa de manga corta a cuadros celestes y blancos, pantalones lisos color gris, unos bigotes trabajados y por toda indumentaria un par de gafas a lo “Rock Star”. En una mano, una huincha de medir color naranjo, y una libreta pequeña para tomar apuntes. No sabía nada de él hasta que un día María Curilém me contó que habían coincidido en un trabajo, en el Censo del 2012, y le correspondió vastos sectores rurales de Panguipulli, ya que ella tenía que hacer un trabajo de encuestas a agricultores, ya que había trabajado en el Programa Orígenes de Mideplan varios años antes y por ello tenía (y aún tiene) un amplio conocimiento del Territorio, y de la dirigencia Mapuche, y él, Don Luciano había postulado su vehículo para trasladarle a zonas remotas de Panguipulli.

Anduvieron por Los Tallos, Huerquehue, Melefquén, Pitrén y otras zonas rurales. Comenzaron a salir a diario, y en medio de uno de los viajes Don Luciano a María Curilém le contó a que se dedicaba. En la camioneta andaba con la misma huincha y la misma libreta, y un lápiz grafito. Con los días y ya entrando en confianza, ella le preguntó si andaba con esos elementos para trabajar en la casa, o si estaba haciendo algún mueble, sin inmutarse y sin perder de vista el camino le dijo que “más o menos”. Después de un silencio, le dijo en realidad lo que hago es “estar preparado, uno nunca sabe”. Como ella es muy inteligente y ya sabía de la historia detrás del personaje, la risotada de María Curilém, se escuchó desde la punta del cerro de Pitrén, bajó por el camino a Calafquén, pasó por la casa de Isabel Naguil, dobló hacia Panguipulli en el cruce Huellahue  y se escuchó en todo el centro de la ciudad.

Ella, en la noche, me lo contó tal cual, y mis carcajadas, mucho más mínimas, llegaron hasta el bosque nativo frente a nuestro cuarto. En la noche desperté varias veces riéndome.

Pasaron varios años y comencé esta tarea de hacer “Crónicas de Personas”, y de un “de repente” me entra un mensaje por el Facebook “Ciudadano Muñozo” y me habla Sandra Pulgar, su hija. A la larga surgió la idea de hacer una crónica a su padre, y a un rubro tan específico como el que su padre realizaba.

El día miércoles a eso de las 20.00 horas llegué a su casa, y me esperaba en la calle. Andaba casi idéntico como lo había visto hace muchos años, pero ya no andaba con la huincha de medir, ni con la libreta. En su living, silencioso, tenía tres libros. Dos de la genial Pilar Sordo, y un ejemplar de “Cuentos al Merkén”, de un tal Muñozo. Le explique que se trataba una “crónica”, y se largó a conversar.

SU PADRE, Don Rómulo Pulgar.

Su padre vino de los campos de la Ciudad de Los ángeles, era agricultor, y se llamaba Rómulo Pulgar Guajardo, y su madre era Jovina Troncoso Salgado, de San José. Llegó a trabajar al Fundo Mahoma, en Malihue, en el largo y angosto camino a Los Lagos, que el año (nacimiento) era solo una huella por donde transitaba gente a pie, o en bueyes y de a caballo. El Puente Malihue era colgante y quedaba más debajo de lo que está ahora. Su padre, era campero y no sabía leer ni escribir y mucho menos contar, y la pregunta es ¿cómo entonces contaba los animales?  Muy sencillo, me dijo haciendo memoria: “solo los identificaba por el color”.

Estamos Frente al hombre, Don Luciano Pulgar Troncoso. Nació en 1939, y fue inscrito como es natural, en la Ciudad de Los Lagos, y como era muy habitual antaño, al igual que con los apellidos Mapuches, el funcionario escribió mal su apellido en la partida de nacimiento.

Escribió “Troncozo” (con Z), cuando en verdad debía haberse escrito con “S”. Él se muere de la risa y me dice que tal vez el oficial del Registro Civil era español, y oía todo con “Z”. Con los años, corrigió el error.

Después de mucho trabajo, su padre ya cansado de trabajar para otros, adquiere un campo en los Tallos. Tuvo siete hermanas y siete hermanos, total quince. A punta de siembra, crianza de animales, su padre y su madre lograron alimentar a ese ejército de niños, que la medida que crecían, se iban sumando al trabajo de sol a sol con su padre Don Rómulo. Su memoria lo sitúa a los cinco años en la localidad rural Los Tallos. La necesidad hizo que tres de sus hermanos optaran por la carrera militar en Carabineros, y una hermana se hizo a la vida religiosa como Monja. En aquellos años estudiar era una tarea para valientes. En general, los niños caminaban kilómetros para llegar a la escuela, los niños del campo asistían a pie descalzos, y solo tenían un cuaderno. La escuela no daba alimentación, por lo que los padres le preparaban a los niños y niñas, una bolsita con harina tostada mezclada con azúcar, para un “ülpo”, unas manzanas de la quinta, y unas sopaipillas o un pedazo de churrasca. Estuvo en una escuela solo seis meses en Los Tallos, luego, pequeño aún, lo internan un año en la Ciudad de Panguipulli.

Panguipulli, calles polvorientas. 

Con su esposa Nidia se conoce en el año 1966, y en 1968, se casan. Como se encontraban en Panguipulli alto, y en Panguipulli solo había un taxi, para el día del matrimonio contrata sus servicios, pero el “Uber” de la época no llegó. Bajaron “emperifollados” para la ocasión a pie, y como la novia venía de un blanco inmaculado, y el novio de un negro de funeral, y Panguipulli solo tenía calles de tierra, la polvareda los dejó tan entierrados, que los testigos que los esperaban en el civil, tuvieron que sacudirlos. Al menos todos sabían que ahí venían los novios.

El peregrinaje

Ya de adolescente, Don Luciano Pulgar, y antes de conocer al amor de su vida, una mañana de invierno en Los Tallos con una neblina que cubría el campo, al cumplir dieciocho años, se levantó, se bañó con agua fría para espantar los pensamientos, se fue a la cocina fogón donde su padre “mateaba”, pensando en todos sus hijos y que ya la mayoría había partido al mundo. Le preparó un mate a su hijo, intuyendo que algo vendría, ya que de madrugada, le había cantado el “pitio” en su propia ventana, y era un signo inequívoco de noticias no muy buenas.

No se equivocóDespués de un silencio de desamor, le dijo – Papá, ya no seguiré en el campo, acá no hay futuro, me voy – . Su padre solo guardo silencio y sonrió pensando que “el pitio no falla”. A la mañana siguiente, el joven Luciano ya iba camino a Santiago. Todo su capital eran sus manos y las ganas de aprender un oficio. Pasó por Santiago y no le gustó. Fue un paso breve. Pasó por varios talleres de mueblería, y así estuvo entre Santiago, Talca y Temuco. Pero no estaba conforme. No podía estar siempre de aprendiz. Incluso en Talca se empleó en labores agrícolas, en las viñas, recolectando la materia prima del “manjar de los dioses”. Por esas cosas de la vida, trabajó en una funeraria, y le quedó dando vueltas el oficio. Quería ser independiente, tomó el camino trazado por su padre, que de pasar de ser inquilino en el Fundo Mahoma, en Malihue, paso a tener su propia tierra. Así que renunció a una mueblería y colocó la propia. Compró unas máquinas para trabajar y fabricó Muebles de Cocina. No le fue muy bien ya que en Temuco no era el único que los fabricaba. No podía competir, ya que el arriendo era costoso. Se quedó con los muebles de cocina y decidió traerlos a Panguipulli el año 1966 del siglo pasado. Como pudo los embarcó en el “Bus-Carril” que corría a diario entre Lanco y Panguipulli y viceversa.

Marcado en la frente.


En ese viaje a ciegas y algo derrotado, viajaba en el Bus-Carril hacia Panguipulli Sor Mercedes. Esta mujer, hábil de mirada, no pudo dejar pasar la mirada melancólica de un joven Luciano Pulgar, y le buscó conversación. Ya en confianza, le contó sobre su “peregrinación” en la búsqueda de experiencias y oportunidades en las ciudades del norte. Ella, con su parsimonia acostumbrada, lo escucho pacientemente, y antes de bajar del Bus-Carril, le dijo, vaya a verme. Cuando a la mañana siguiente Don Luciano se presentó ante Sor Mercedes, ella le agradeció y le dijo sígame. En silencio siguió sus pasos. En un lugar que él no logró identificar, ella le dijo que necesitaba muebles para la ropa. – ¿Usted sería capaz de fabricarme algunos?- . Con un destello en la mirada, y casi saltando de alegría – no faltaba más – , respondió con seguridad, aunque con una voz imperceptible, que se escuchó fuerte porque había un silencio de convento. Ella abrió una cajita roja con una cruz estampada en la tapa, y sacó unos billetes. Le voy a pagar por adelantado – dijo Sor Mercedes. Tengo a dios por testigo que usted hará unos lindos muebles. Pongo toda mi fe en sus manos Luciano. Él pensó para si – “Como es la vida, ayer llegué derrotado con una mano adelante y otra atrás”. Ahora ya contaba con un capital en sus manos y ya podría llegar a su casa y presentarse ante su padre con la cabeza en alto. Regresó a Temuco, compró el material suficiente y se dio a la tarea de lo encargado por Dios, a través de su intermediaria, ya que en su religiosidad, atribuía esa buena estrella solo a un milagro, no había de otra. Se esmeró y los muebles encargados quedaron buenos, lindos y duraderos (al día de hoy, aún existen). Con esta oportunidad caída literalmente del cielo, tomó fuerza, y solo retrocedió para darse un nuevo impulso, y fabricó de pasada ocho muebles de cocina. Como ya había tomado la decisión de regresar a un naciente Panguipulli, contrató una camioneta Chevrolet de color verde esmeralda, y se trajo los muebles. Al bajar por el caminito de ripio que unía Lanco con Panguipulli, a la altura de donde hoy está emplazada la Funeraria Pulgar, pudo ver una hilera de casas a ambos lados, y nada más, ya que  justo bajaban las ráfagas de viento puelche desde el macizo cordillerano y la polvareda era como término de mundo. Sor Mercedes quedó feliz, y antes de despedirse, lo bendijo con una marca indeleble en su frente, con su dedo pulgar. Ahí supo que estaba bendecido.

Ese mismo día, siguió bajando al centro de Panguipulli, y en un terreno baldío, en la intersección Martínez de Rosas y la calle Manuel Rodriguez, estacionó el camión con los muebles de cocina. La gente se agolpó ante esos muebles finos para Panguipulli. En menos de una hora habían desaparecido. Y corrió a comprar una pequeña libreta y un lápiz grafito, para anotar más muebles a pedido. Fabricó más de treinta. Después por la lógica económica y porque Panguipulli solo contaba con un puñado de familias, las ventas fueron disminuyendo, hasta llegar a cero. Se quedó en Panguipulli y cambió de rubro. Ahora era el turno de puertas y ventanas. Pero no contaba que para hacerlas como correspondía, había que hacerlas en base a planos, que lógicamente el no sabía interpretar. Así que se dio a la tarea de hacer un curso de interpretación de planos en la Municipalidad de Panguipulli de aquellos años. Contrató a más de diez personas, y todo iba muy bien hasta el Golpe Militar. Los pedidos disminuyeron, no había materiales para seguir fabricando, tuvo que despedir a los maestros y  el negocio sucumbió.

Avisó que se moriría, y se murió

Estaba devastado, y había que comenzar de cero. Tuvo un ofrecimiento para emigrar a la Argentina, a la zona de Neuquén, al igual que lo hizo El hombre Biónico de Panguipulli” y “el Tío Roger para los amigos”. Estaba en eso, preparando todo, ya con dos hijos a cuestas, para cruzar la Cordillera de Los Andes, cuando una mañana, alguien golpeo su puerta, ya que como sabían de su habilidad con las “tablas” de madera, llegó a pie un señor que venía de Camino a Los Lagos, y como ya había otra funeraria en el pueblo, le pidió encarecidamente que le hiciera un “féretro” económico. Como en Temuco algo había percibido sobre la fabricación de “cajas para muertos”, sabía más o menos como se fabricaban, aunque las medidas dependían del difuntoDon Luciano no estaba seguro de fabricarla, ya que tenía poco tiempo y no quedaría tan bien hecha. El hombre, con signos de estar varios días sin dormir, con desesperación le contó a Don Luciano su caso intentando convencerle – “Mi mamá dijo, que mide solo un metro cincuenta, y es o era como el demonio, ingobernable. Hace quince días nos dijo que se moriría “si o si”. Nadie de nuestra familia le creyó porque hace años que nos salía con la misma cantinela. A veces, incluso, se hacia la muerta, y solo cuando todos nosotros, niños aun nos poníamos a llorar en manada, ella de un salto se levantaba, y se iba a la cocina riéndose. Con los años envejeció. El caso es que antes de ayer, mandó a traer los bueyes para que trajeran un “Wuampo” abandonado en su campo, y que era ocupado para darle agua a las vacas. Eligió la mesa de comedor más segura y firme, y nos mandó a poner el “Wuampo” sobre ella.  Como de costumbre se tomó unos mates, dejó unas “churrascas” calentitas , puso a cocer un hueso “carnuo”, y de a una comenzó a tirar al caldero las “pantrucas”. Cuando estuvieron listas, machacó ají cacho de cabra, le puso sal, y le puso agua caliente. Se sirvió un plato “con baranda” de “pantrucas”, untaba pedazos de churrascas en el ají y siguió comiendo hasta terminar, no sin antes pasarle la lengua al plato. – Ya dijo – “ahora me voy a morir” -. Se limpió los labios con una malaya, se fue al comedor, con sus pasos cortitos de viejita, y nos hizo arrodillarnos cerquita del “wampo”, para utilizarnos como escalera al cielo, subió como pudo, se acostó adentro, se sacó la placa dental, puso sus manos en cruz, y sabe, murió en el acto. Luego de terminar el relato con lágrimas verdaderas en los ojos, y para rematar interrogó, – ¿Cómo cree usted que la vamos a sepultar dentro de un árbol? Ya, dijo don Luciano, venga por la tarde. La verdad fue una caja, sin lujos, de madera “brava” y sólo para que el muerto/a descansara a dos metros de profundidad. Así fue la primera urna que fabricó.

Un oficio para valientes


Como la funeraria que existía en Panguipulli pedía que los deudos firmaran letras, ya que les vendían las urnas en cuotas, se encarecía mucho el funeral. Así es que la gente comenzó a buscar alternativas más económicas y así comenzaron a llegar a su casa solicitando más ataúdes. No fue tarea fácil, porque no había materiales como manillas, así que se vio obligado a colocarle a los féretros manillas de puertas. Al principio toda la familia trabajaba. Pero llegó un momento donde Panguipulli cambió, y teníamos que crecer y profesionalizar el servicio. El comienzo fue complicado, como no estaba seguro cuanta gente moriría, solo se encargaban una o dos urnas por mes. En aquellos años la gente moría menos o vivía más. El problema era que las personas fallecían cuando se les ocurría. Así que tuvimos que adaptarnos. Poco a poco la realidad superó todo límite, y dos funerarias en un pueblo pequeño no era algo viable. Así que su amigo y competidor, cerró su funeraria en Panguipulli y se fue a Valdivia. Antes, y a “lo amigo” le dejó encargadas las veinte últimas urnas que le quedaban. Estaban mejor terminadas. Lo primero que hizo don Luciano Pulgar fue desarmar un ataúd para ver cómo se fabricaban. Ese mismo día, y como ya era la única funeraria del pueblo, colocó un letrero luminoso para que la gente supiera donde era. En un  principio solo se vendían las urnas, ya que no existían carrosas, ya que eso solo se hacía en las grandes ciudades, ya que en los pequeños pueblos, los deudos, después de velar al difunto por varios días, y donde llegaban todos los parroquianos, vecinos y colados a comer, beber, contar chistes, y escuchar los llantos de la “lloronas” que eran contratadas aparte por la familia, para incentivar el llanto de los duros que no lloraban ni con un saco de cebollas picadas. Después de varios días, se llevaba al muerto al hombro. Se turnaban, ya que cruzar todo el pueblo con el cajón a pulso, y subir a velocidad de tortuga por la calle que lleva al Cementerio.  Era agotador. Es un rubro que hay que asumirlo con entereza y seriedad, ya que no es lo mismo que vender helados o atender un negocio, donde se trabaja con una sonrisa. Esto es todo lo contrario.  En todos estos años hemos visto mucha tristeza por los seres queridos. Por eso como familia tratamos de tomar todo con humor. A veces por el dolor, la familia se quiebra y no se atreve a vestir al fallecido. Ahí entramos nosotros, y hacemos esa parte, que es una forma de ayudar, pero también es una manera de agradecer. Otras veces sucedió que tuvimos que ir a buscar un fallecido a otras ciudades o localidades lejanas, y más de una vez el vehículo quedó en “pana”. Aunque el vehículo esté nuevo, puede suceder. Cierta vez se tuvo que dormir en la carrosa junto al cadáver en el mismo lugar. Eso nos pasó en la Cuesta Los Añiques. Otras personas han fallecido en Argentina, por acá en Neuquén o Junín de Los Andes. Las familias han querido repatriar los restos, y hasta allá hemos ido, regresando por Trómen o Pirehueico. Los trámites de repatriación son difíciles. Más difícil aún es rescatar un fallecido en accidentes o incendios. Es algo que te obliga a repensar siempre la vida. Vivir del dolor. Se trabaja a cualquier hora, pero como en todo, alguien tiene que hacerlo.

Gracias a la Familia Pulgar por la oportunidad.

Muñozo.