Crónicas de Muñozo | La Fama o nada


Crónicas de Muñozo | En una nueva creación literaria, el escritor local nos invita a sumergirnos en la historia de una emprendedora local. En su estilo, presenta la vida de Pilar Peña Alcoholado, la empresaria tras los deliciosos sabores de Calle Arturo Prat. 


Pilar Peña Alcoholado. “La fama o nada”.

Durante muchos años, una y otra vez, pasé por esa pequeña y breve calle donde, de una u otra manera los panguipullenses han pasado y seguirán pasando, obligados o no,  pasan todos los días.  En una calle limítrofe de un  pueblo que antaño fue creciendo de acuerdo al estado natural de las cosas.  Esa calle ha visto de todo, y que se sigue reinventando. Como hace veinte años paso por ahí por una u otra razón, siempre me llamó la atención un pequeño local deslavado, y con un pequeño letrero, también envejecido. En su interior, una enorme máquina frigorífico donde se almacenaban y conservaban carnes y cecinas. Frente a sí, varios proyectos de supermercados, y aún así continuaba sobreviviendo ese añoso y solitario local. De hecho la calle, es de por sí un lugar solitario, como todo límite urbano, que nos divide con lo rural, en este caso lo lacustre. Es la calle donde se inicia la Costanera de Panguipulli. Ahí convergen hoy dos calles y un mundo: Está la Notaría, la Petrobras, un local de venta de Suchi, la ferretería Kume Kupay, y en medio de todo eso, un local reinventado; La fama.

En su puerta, un pequeño letrero reza: “Que te digan que no puedes, es un motivo para demostrar que están equivocados”.

Es como una declaración de guerra, o de principios, que para el caso es lo mismo. De su interior, se escucha el murmullo de una pareja de mujeres, conversando un café de grano y un trozo de torta, que disfrutan como si fuera el último, que solo tiene una explicación: es el mejor que han probado. Es tanto, que al salir, ven a la dueña y de piden como rogando: ¿“Sra, le podemos besar las manos?”-  Entran y salen personas. Salen con las manos ocupadas, con un paquete que en su interior se adivinan manjares para el alma. El solo mirar al interior, es perderse en la delicias que uno puede disfrutar después del almuerzo, en la madrugada, después del amor o en un viaje, (como el que me lleva mientras escribo esta crónica en el Bus Vía Bariloche, hacia Buenos Aires).

Después de muchas semanas de hacer coincidir nuestros tiempos y horarios, ya que la Fama no descansa, es que logré cerrar una fecha y una hora, era ahora o nunca, para “cronicar” les paso precedentes de lo que hoy es un local de venta de tortas, postres y café, que en su sano juicio, nadie hubiera dado un peso por su vida y éxito.

Hola, dije, es hora.

Pilar, con su sonrisa encantadora y sus ojos celestes, dicen que sí, que es hora.

Elegimos esa hora, porque, a las 15:00 horas es algo más calmo. Tanto en la mañana como a media tarde, es casi imposible. La gente entra y sale con una sonrisa, ya disfrutando en el camino lo que será una once, un cumpleaños o simplemente un regalo después del amor. Tal vez, como le pasa al Chavo del 8, capaz que lleguen sin nada a casa.

Pilar me dijo: “ya, pregunte no más”.

Yo le dije: “en realidad no hay preguntas, solo una conversación libre.  Hagamos como que nos conocimos hace cinco minutos y nos caímos bien”. Ahí entramos en confianza y le pregunté de donde era, donde había nacido. Para mi sorpresa me dio un nombre que me era familiar. Temuco y El Duero. Alguna vez hace más de 20 años, me había extraviado junto a Maria Curilém en medio de una forestal un día sábado por la noche. Viajábamos por el camino a Los Lagos a un casamiento al cual nunca llegamos, en el mes de julio, sin frazadas, sin linterna, sin cuerda, y sin comida, y tuvimos  que pasar la noche ahí, en medio de la nada.

Al otro día, increíblemente, paso un camión forestal que nos auxilió. Al regresar a Panguipulli, casi con hipotermia, solo atinamos a pasar a comprar para desayunar, y nos metimos a la cama. Ese era el ingrato recuerdo de El Duero, que ahora se me aparecía nuevamente. Ahora es una anécdota, pero ese día, esa noche fue horrenda, no por la oscuridad, sino por no tener frazadas, ni comida, ni algo para tomar. No había redes sociales, y solo tenía el número de un par de personas en este Panguipulli que apenas conocía. Al escuchar El Duero, en los labios de Pilar, me reí.

Ella no entendió y le conté brevemente ese extravío en aquellos caminos, que después al verlo en el mapa, casi habíamos llegado a Lanco por los caminos interiores. Ahora estaba aquí frente a Pilar y su historia:

El Duero, de inmediato nos hermanó para siempre, como quién comparte una naturaleza, un ambiente, una soledad de bosque austral patagónico. Ella creció en la adorable Temuco, y por los veranos “aterrizaba” en el Duero,  yo pasé una noche del terror. Ahí su padre la esperaba para estrechar un abrazo.



El hielo inicial dio paso a las risas y múltiples anécdotas, que fue imposible escribir, ya que la conversación troncó en un torbellino. Hablamos como viejos amigos que se encuentran después de años sin verse. Sin duda Pilar es una gran conversadora y llena cualquier ambiente. Con orgullo habla de su padre, Hernán Peña Almazabar. Su madre Leticia Alcoholado, ambos de 75 años. Solo al preguntar por su familia, me cuenta como quien cuenta un secreto, que ella no estaba planificada, y llegó al mundo como pidiendo permiso. Su padre a todas luces fue su referente, por la fuerza y perseverancia que inspiró a su hija. De justicia es decir que su “nana”, le traspasó el amor y pasión por las ollas, sartenes, el ajo, las masas, la temperatura de los fuegos, las recetas que pasan de generación en generación. Su padre construyó como un “loco” cuanta casa pudo de la madera labrada de aquellos bosques del Duero, en aquellos años cortada a punta de hacha y corvina. Pilar entre los innumerables datos que me daba, que llegó a tanto que le dije, “a ver, ordenémonos…”. Como algo extraordinario, me dijo en tono conspirativo: “Mi papá fue basquetbolista”.  Mi sorpresa fue mayúscula. De pronto despabilé y se me vino la pregunta de cajón: ¿Cómo una persona como su padre, viviendo donde el diablo perdió el poncho, además de criar hijos, construir casas, además se convirtió en un ídolo del basquetbol en un rural y montaraz Panguipulli”?: Pilar sonrió, me miró fijo y se encogió de hombros. Eso podía ser cualquier cosa. Solo él puede contestar tamaña interrogante. Lo cierto, es que el amor de padre superaba con creces esas glorias de juventud, y por eso no fue extraño que un día, no se hiciera mayor problema para quebrar 180 huevos para que su hija hiciera lo que más le gustaba en la vida: cocinar para otros.

El destino de Pilar estaba predestinado por la magia de la naturaleza que se llama vida. Uno puede tratar de hacer un rumbo, pero la vida te lleva, quieras o no. Y fue natural que de la cocina familiar de la casa del Duero, pegara un salto a las instalaciones del Inacap, para estudiar Gastronomía. En aquellos años de la esforzada vida por conseguir un título profesional, recuerda que sus profesores fueron entre otros “famosillos” como el joven,  Carlo von Mühlenbrock. La cocina para Pilar fue algo natural, ya que ambas familias reproductoras venían de una tradición centenaria de la buena mesa. Pilar se queda pensando y dispara: “En mi casa paterna siempre se disfrutaba el buen comer”. El mejor regalo para esos niños era que se hiciera una buena comida familiar, donde el goce de degustar fuera mayor al placer de engullir por engullir. Así, en una tabla de raulí, semanalmente se pegaba con un clavo del cuatro un listado de platos preferidos para estos niños que llegaban los fines de semanas a la casa del Duero. Al regreso a la ciudad, arrastraban con bolsos atestados de pan de campo, huevos de colores,  gallinas desplumadas, y un prominente queso amarillo y graso. Su adorada Nana, que por respeto se reserva el nombre, fue por muchos años culpable que esos niños no pasaran hambre. Cualquier cosa, menos hambre. Pilar llevaba en sus papilas gustativas y el olfato los aromas a empanadas, berlines, merengue, pie de limón. Aun así, Pilar, nunca fue buena para la pastelería. Al momento de avanzar en sus estudios habría sido fácil especializarse en lo que le iba mejor o le era fácil, sin embargo, algo le decía que tenía que mejorar en aquello que no le  apuntaba, una debilidad derrotada que a la postre le daría fama. Fácil le era cocinar en la enorme cocina familiar Pan amasado, pastel de choclos, chivo al horno, pero ni pensar en un pie de limón o una torta.

Aun así, le ponía empeño y algo le decía que la vida la llevaría sin saberlo a un sitial inexplorado. Como estudiante, no digamos que era Einstein o Hopkins, pero ellos por muy genios que fueran, no podrían hacer un queque. Pastelero a tus pasteles. Así en la  enseñanza media le iba pésimo en matemáticas, sin darse cuenta lo importante sería en su emprendimiento. Pilar reflexiona sobre los desafíos: “Una receta no se puede hacer sin entender la proporciones, sino el pan quedaría como luma de duro, las sopaipillas servirían para jugar al tejo, y una torta para trancar la puerta por la noche. Así a punta de “cuatritos”, se dio maña para para sacar un azul. La vida es dura, y cuando te agarra no te suelta tan fácil. Ella pensó que se había escapado de las matemáticas, pero no, en el Inacap, otra vez con las malditas matemáticas. Más no se dejó derrotar y contrató profesores particulares, los que le sacaron trote a la “pensadora”. Al final la “sesera” le crujió y pasó sus ramos. Hay que ser genio también para entender que los humanos vivimos para comer. Los años le dieron la razón, ya que sin los números, no podría haber calculado las proporciones de sus recetas de la fama.



Pilar recuerda con cariño cuando comenzó a trabajar de lleno en la pastelería, que no era su fuerte, y se veía obligada a contratar pasteleros, ya que sus “engendros” (tortas y pasteles) eran unos verdaderos “platillos voladores”. El glamour no aparecía.

La gastronomía en términos simples le era fácil. Cocinar era tan natural como lavarse los dientes o bostezar después del almuerzo, o escuchar los discursos de “cachupín” con su voz de quiltro y mentir con naturalidad. Hacer masa para el pan era tan fácil como hacer gárgaras, o cortarse las uñas. Ella y otro compañero sureño, de prestados en Santiago, eran aventajados. “Destungar” un pollo, una gallina o un pavo era como salir a caminar por el sendero. Algo conocido. Ella había sido cómplice en cuanto faenamiento de ovejas, plumíferos varios y cuanto animal merodeara en la cercanías de la casa en el Duero.

Estábamos meta “cháchara” con Pilar, cuando un cliente, se bajó del auto que dejó andando en medio de la calle, y nos interrumpió. “Vengo a buscar el Platillo Volador”, dijo. Ella se murió de la risa y me dijo, ante mi mirada interrogante, es la torta que yo inventé, que tiene como una galleta gigante arriba. Se llama Fusión, pero este caballero insiste en llamarla “El ovni, o platillo volador”. “Pídala adentro, está lista”, le contestó. El hombre salió con un envoltorio gigante, subió al auto, dobló por la Notaria y se perdió.

   | EL HOMBRE DETRÁS DE LA FAMA.

Me dice que sin Cristián, nada hubiera sido posible. Es su pareja, su cómplice y todo. Padre de sus dos hijos. Se conocen de potrillos. Él era de los Lagos, y prácticamente crecieron juntos. Pilar lo describe: es trabajador, meticuloso, fuerte y “partner”. Muy buen administrador. Su experiencia en el ámbito de los restaurantes fue fundamental. Todo coincidió, todo sumó cuando nos instalamos en Panguipulli. Cristian trabajaba para una empresa que vende y distribuye maquinarias del ámbito gastronómico, donde destacó por su responsabilidad. Fue tanto, que al comunicar a su jefe la decisión de emprender en el sur, ese sur patagónico llamado Panguilli, su jefe junto con lamentar la partida, lo apoyó para dar el paso. Eso fue fundamental para reafirmar la convicción. Por alguna razón sabía arreglar Cafeteras, de esas que se prepara café en grano. Juntos siempre hemos corrido riesgos. Vimos un nicho, y seguimos a la “oportunidad”. Primero, Cristian colocó con un local de maquinarias de gastronomía, algo que no se había visto en Panguipulli. Le fue bien, lo complementaba con la mantención de cafeteras. Un día lo contactaron de Huilo Huilo, y ahí se hizo más conocido. Habíamos hecho “el camino largo”. Más todo fue lento. Muchos años de relación a distancia. Antes de hacer familia, que terminaban, que regresaban, que terminaban, que había otro bis, y así hasta la saciedad de las horas. Al cabo, tuvieron dos hijos, pero eso no impidió que trabajara en varios restauran en Santiago, mientras Pilar se las arreglaba para seguir cocinando desde la casa. Cristian trabajó en el afamado restaurante Capitalino “Eladio”.  Así un día, un poco hastiados de la capital, deciden arriesgar una vez más, y se instalan en Temuco, pero fue con “elástico”, porque después regresan a Santiago al no encontrar algo inspirador.



Mientras hablamos y Pilar trata de hacer la cronología de lo sucedido, me concentro en un pedazo de torta que mi hija va a comprar con dos mil pesos. La amorosa de Pilar, nos regala dos cafés y seguimos la charla. La gente entra con las manos vacías, y sale con bultos que se adivinan tortas, manjares, y cuanta sabrosura se ha hecho en esas paredes.

Pilar se acuerda con cierta melancolía de los 10 años en Santiago, como toda vida, hubo tiempos en donde las cosas se ponen difíciles, no obstante, cuando hay una complicidad y trabajo de pareja, todo se puede. “Al final, aunque fue sacrificado, es una parte de la historia de la que no nos podemos desprender”, me dice mirando a la nada. Como todos los mortales, se vive corriendo, trabajando en turnos dobles, criando niños, haciendo eventos. Fue sacrificado, mas nunca nos faltó,  -dice orgullosa pero siempre estaba eso de vivir lejos-. Muchas veces las fuerzas flaqueaban, las cosas se ponían complicadas. De la nada se nos ocurrían formas de tener otra entrada económica, más aun sabiendo que todo trabajo honrado suma. Así se trabaja, arriesgando. Se hace el camino largo. Entre estudios, trabajo y el futuro, un día ambos se miraron en plena degustación de un café de grano con torta, y decidieron cerrar el círculo y casarse.

Al poco tiempo de arribaron a Panguipulli para quedarse. Recuerda que le dijeron que postulara a la Feria Hua Hum. Lo hice y me fue muy bien. “Cristian con su café en grano, yo con mis tortas y pasteles. La mezcla perfecta. Se hacían largas colas. No dábamos a vasto. Trabajamos dos o tres temporadas. La rompimos” dice.

   | LA FAMA O NADA.

“Cuando decidimos instalarnos en este local, sabíamos que había sido por años una carnicería y fábrica de cecinas, posteriormente, un local de venta de repuestos de autos, que duro solo semanas. Al instalarnos aquí con la pastelería, recuerdo que mi viejo, para ayudarme, diariamente rompía en El Duero 180 huevos y dividía la yema de la clara. Allá cocinábamos y traíamos todo hecho. Imagínate, un maderero y basquetbolista rompiendo huevos solo par que su hija no se fuera lejos nuevamente. Eso es amor. Todo un logro, todo por su hija.

Antes de instalarnos aquí, observábamos desde lejos la oportunidad, le veíamos potencial. Cuando cerró el local de venta de repuestos de auto, con Cristian nos miramos y dijimos, es nuestra oportunidad. Vamos con todo. Las tortas se hacían en el campo y se vendían en el pueblo, Desde Duero a la Fama. Pero no era suficiente. Perdíamos mucho tiempo. A veces dormíamos solo tres horas. Estábamos reventados. Contábamos solo con una batidora chica, y con un horno de dos cámaras. Eso era todo y las hojas las hacía a mano. Necesitaba más gente y más maquinaria, sino no lograría sobrevivir este proyecto. La gente de Panguipulli no ayudaba mucho y se escuchaba el clásico comentario: “Tuvieron suerte que les fue bien en el verano, pero ojo que se viene el invierno”. A pesar de ello, no aflojamos. Llego marzo y la gente continúo viniendo después del trabajo a buscar tortas y pasteles. Nunca más se detuvo.

   | LA GUERRA POR EL NOMBRE.

A mi marido le daba con que el local tenía que llamarse algo así como “Aromas Sureños” o “Sabores de no sé cuánto…”, “Dulces de no sé qué cosa”, y  dale con que la “huarifaifa”,… Yo quería un nombre concreto que fuera un sello inconfundible: por eso le puse LA FAMA. Cuando le dije el nombre que yo quería, mi marido pegó el grito en el cielo. Que el nombre iba en contra todo lo que se conocía. Me decía que era muy arrogante, y que si fracasábamos y esas cosas, pero, yo no estaba para cosas repetidas, así que me puse firme, como me enseñaron en la casa mis padres, y le dije: “O la fama o nada”. Era un sello de calidad. Algo que el público pudiera saber que la calidad de las tortas y postres y el café estuviera garantizado. Como son las cosas, ahora mi Cristian saca pecho y que la Fama para acá, y que la Fama para allá y que la Fama para acullá. Y está bien, si el esfuerzo ha sido compartido. Yo me río, pero tiene derecho. Él es fundamental para este proyecto familiar. Somos como una yunta de bueyes. Un equipo que va para delante.

Hoy damos trabajo, gracias al trabajo constante, la unión familiar, el sacrificio de los hijos, el apoyo de nuestros padres. Nada pudiera haber sido posible si no hubiéramos hecho un equipo de trabajo.

Y por supuesto porque la gente nos ha reconocido y  privilegiado con su preferencia.

Gracias a todos.

CRÓNICA COMENZADA EN PANGUIPULLI Y TERMINADA EN CAMINO DE NEUQUÉN A BUENOS AIRES. 23 DE OCTUBRE DE 2018.